Por A media Cuadra
En este país llamado Colombia vivimos
en una de las economías más desiguales del mundo, lo dicen los organismos que
presuntamente están interesados en estos asuntos, la CEPAL, la ONU, el Banco
Mundial, el FMI; lo repiten hasta la saciedad economistas y políticos de aquí.
Santos lo admitió y además dijo que tal situación era vergonzosa, y así lo han
ratificado algunos de sus ministros; también lo dijo Iván Márquez en Oslo en
ese discurso que extrañamente desilusionó a los más tristes entusiastas.
A pesar de que esta desigualdad
hace parte de ese largo camino que es la República de Colombia, tenemos un
modelo, o mejor, un patrón de comportamiento en las políticas de esta
República, pero también en la mayoría de los habitantes, que ha degenerado en un
deterioro permanente de la igualdad, y que vincula, más allá de la agresión
directa a los bolsillos y tranquilidad de la mayoría de ciudadanos, un
ejercicio de violencia contra los mismos y contra el entorno en el que conviven,
lo cual significa, entre otras cosas, descontar vidas humanas que no volverán.
Situación que se ha agudizado bajo el revaluado modelo neoliberal.
Así mismo la corrupción sigue
rampante agravando el problema. Tenemos tantas leyes para combatirla, que si
revisamos al detalle la vida de cada colombiano, no tendríamos un país sino una
cárcel, por eso aquí la justicia tiene tantas puntas y, tal como dicen en las
filas y en las pocas cantinas que aún nos quedan, es solo para los de ruana. Por eso los poderosos se señalan entre ellos,
pero al final es el pueblo el que termina pagando y pegando los platos
rotos.
Estos son algunos de los
problemas a los que nos enfrentamos, pero nuestro mayor lio; más allá de la
desigualdad social, la corrupción, la violencia y el deterioro incesante de
nuestro entorno; consiste en nuestra incapacidad de cambiar esta
situación. Los gobiernos nacionales han
tenido como misión y mandato mantener y empeorar la situación y así lo han
hecho. Los gobiernos municipales en su margen de error han hecho la parte que
les corresponde, los que provienen de la izquierda se han mimetizado dentro de
lo mismo, generando algunos paliativos de tipo asistencialista que se suman a
los del gobierno Nacional. Pero en
conclusión seguimos en las mismas y con los mismos.
Los ciudadanos que tenemos menos
de 40 años (y me imagino que los mayores también) solo hemos visto el despropósito
de políticas de desinstitucionalización, privatización y una supuesta liberalización,
que ahondan la crisis social y política en la que permanecemos. Todo esto es producto
del fracaso de esta democracia, ya sea en su versión representativa como
participativa. Votamos enfrascados en
sondeos de opinión manejados por medios manipulados y manipuladores, y luego
por omisión o por acción terminamos participando en el despropósito.
Es por esta razón que ahora vemos
y asistimos con esperanza al Plan establecido para Bogotá, que aunque en su
ejecución ha presentado problemas, producto de nuestra historia e histeria
políticas, así como de la inercia corrupta y conservadora de nuestras
instituciones y funcionarios públicos; nos da luces en el camino a seguir como habitantes
en busca de objetivos comunes en este basto territorio.
Aunque el proyecto de Bogotá
Humana no puede desmarcarse del proyecto Nacional, por ejemplo, se mantiene
dentro de los parámetros necesarios para la ejecución de los tratados de libre
comercio, y su agenda social está vinculada a las metas del milenio de la ONU, ha
presentado como novedad la toma de decisiones efectivas dentro de su competencia,
en busca de acciones que logren cambiar la lamentable situación antes referida,
esto, a partir de los ejes de acción planteados en el Plan de desarrollo: La
lucha contra la segregación en sus diversas formas, una ciudad que se ordene en
torno al agua y la defensa y recuperación de lo público.
Que dicho plan salga del papel
para llevarlo a las calles y los hogares, es en realidad lo que tiene agitados a
los que hasta ahora han creído tener el sartén por el mango, y que son los
pocos que sacan provecho de la situación, y es por eso que hacen tanta bulla en
los micrófonos autorizados por el poder. De ahí, los pequeños grandes escándalos
que proponen, desde el supuesto pánico económico por la fusión de las empresas
públicas, hasta las aterradoras extremidades de la supuesta emergencia
sanitaria en la implementación del nuevo modelo de recolección de basuras. Los
paniqueados son ellos, ellos son los que ahora viven en la incertidumbre. Por
eso salta un delfín de la más macabra saga a pedir la revocatoria y los medios
histéricos salen a aplaudir.
Aunque es innegable que tanto alboroto
es una barrera para el gobierno distrital, de ahí que el alcalde y sus
allegados gasten tanta saliva y tinta en dichos tropeles, las barreras que
tiene Bogotá Humana para acercarse a su concreción son de diferente procedencia
a las referidas por los políticos tradicionales y sus medios.
El camino no es sencillo, porque se
percibe la injusticia y la desigualdad como algo natural, porque el plan depende de la participación
directa de ciudadanos que nunca participan, y debe hacerse con funcionarios
públicos que en su mayoría no entienden el plan (o ni siquiera lo han leído) y que
han estado acostumbrados (exceptuando a una minúscula minoría) a la corrupción,
ya sea como mecanismo de sobrevivencia o enriquecimiento, porque el saqueo ha marchado
a pasos agigantados ante la complicidad de nuestras acciones. Darle vuelta a la
situación implicará romper estos blindajes y las barreras que promueven la
concentración de la riqueza y la propiedad, pero esa tarea no la puede hacer el
alcalde de un partido recién inventado, no es un asunto que concierna a
personalidades, sino a la conciencia y dignidad de un pueblo.
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