A media cuadra

viernes, 8 de febrero de 2013

Recordando...¿Cómo es que terminamos viviendo aquí?




(texto de nuestra primera edición hace ya ocho años)

Hace treinta años esta cuadra no existía, o sí existía, pero solo como un intervalo de vía como una rayita puesta en el mundo para que transitaran por ella autos, personas, espantos y demás enseres, lo cierto es que para ese entonces aquí no vivían sino los animales, plantas y cosas característicos de los potreros baldíos de la ciudad, que pertenecían (y siguen perteneciendo) a la clase rentista del país y la gran urbe.

Antes, mucho antes, esta media cuadra no era más que el murmullo de un grande lago en el cual los habitantes del aire y el agua observaban con ojos tranquilos el ruido de un futuro, que resultó más abrumador de lo que se imaginaron.

Pusieron a lado y lado de la vía y aún en el centro de ésta, unos bloques de cubículos poco graciosos, que llamamos apartamentos, en los cuales, vivimos o creemos vivir, según sea el caso.

Primero Las torres, luego Tonolí, y por último Cañaveral, fueron ubicándose en esos potreros y en el separador donde antes vivían un par de eucaliptos solitarios. Gentes de distintas procedencias nos hemos metido en los cubículos para roncar, reír y procrearnos, creyendo que así, recibíamos un irrisorio adelanto de la tierra que tal vez nadie nos había prometido.

Entonces pusimos, tiendas, lavanderías, cigarrerías, rejas, luces, cámaras, flores, centros de chisme, zonas de coqueteo, cabinas, alarmas, fortines de cabildeo, y muchas más curiosidades, haciendo de la cuadra un lugar de innumerables movimientos, imágenes y sonidos, en las que muchas personas interactúan y se dan la pela día a día para vivir o para simular vivir, según sea el caso.

Otros con el tiempo pusieron puestos en la calle. Tamales, empanadas, quesos, frutas, arepas, hamburguesas, chance, son solo algunos de los productos que podemos comprar a media cuadra. Tenemos por tanto un mercado variopinto de ventas ambulantes, que ya no son tan ambulantes, sino hacen parte de ese paisaje cotidiano que vemos poblarse de caras y sombras conocidas y a medio conocer, cada mañana, cada tarde y cada noche.

Así hemos terminado conjugando gran cantidad de voces entre estas paredes, en donde a veces suceden explosiones, frenadas insólitas, riñas callejeras, caídas de ánimo, algunas otras caídas, charcos gigantes que parecieran rendir homenaje al viejo lago muerto, semáforos, estrelladas, ruinas personales y de las otras, borracheras, viajes, navidades, vagancias, diluvios astronómicos, eclipses, aviones, música y miedo.

Es aquí donde abrimos los ojos y empezamos a caminar casi todos los días. Aquí han vivido nuestros dioses y nuestras angustias, hemos visto crecer a gente de todos los tamaños, y hemos visto morir a otros tantos. Aquí nos sucede la vida, o su repetición, según sea el caso.

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