Nuestra voz, que es acuática y turbulenta, suena entre los dedos, entre lo que hacemos y en las cosas que se nos ocurren mientras la vida nos toma el pulso entre apuros y remansos; sus tonos, sus texturas, están hechos del oleaje de la ciudad viva, de los flujos que anidan en el barrio con sus colores y sus razones, pero igual de la acechanza que busca doblegar nuestro tiempo; de todo este escombro con el que luego desafiamos tanta suerte. Nuestra voz se germina en el fogón y en la cercanía, en ella se calientan las manos de la historia y del cansancio.
Nuestra voz es la memoria viva, la memoria que sabe de los caminos y los atajos, de los diálogos que se cuelan dentro de los días de la gente, del secreto que mejora la receta, del rebusque en el pasado o en los sueños. Por ello nuestra voz se desata, se despliega, se compromete. Un día es mapa, otro día es herramienta y en la noche; agua que se descuelga entre los bosques.
Nuestra voz repercute, no en los sondeos o las banderas, sino en las formas que el barro asume, en el filo de la ventana abierta. En nuestra voz se revierte cualquier transformación posible, pues somos hijos del viento y de la sangre, de la grieta y el arrojo. Nuestra voz es la desobediencia arraigada, el ave que habla con el sol, la lluvia que cae sobre el mundo.
Editorial 49

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