Por Edgar Suárez
Nada hay de
extraordinario en la costumbre de cocinar en casa para que la comida y la plata
rindan o de llevar la comida al trabajo para alivianar la economía. La
historia, a veces tozuda, nos demuestra que aún no hay nada más práctico y
eficiente que poner una vasija en el fuego, sobre todo si se trata de dar de
comer al hambriento, porque en cuentas claras, es cierto eso de que donde comen
dos comen tres. La olla cocina la
solidaridad entre los pocos y las muchas, ya sea en un bazar, un bautizo o un
desastre.
Cuando la olla se
hace comunitaria, es porque además está alimentando la producción de algo común
entre los comensales. En el fondo de la olla hay un sustrato político, una
sustancia que se cocina en el calor de los hechos. Las organizaciones sociales y comunitarias
desarrollan sus tejidos, relacionamientos y aprendizajes en la acción, más acá
de lineamientos ideológicos y morales, por ello la olla comunitaria es un
escenario en el que se calienta lo posible y se comparten los conocimientos,
las recetas, el saber hacer en junta; elementos fundamentales para potenciar
las acciones y apuestas colectivas.
Si de lo que se
trata es de poner la olla comunitaria en el centro del debate no es para
marginalizarla ni para colgarla como utilería. La olla es nuestro baluarte; hay
que evidenciar su capacidad en tanto elemento articulador que implica un ejercicio
de planeación participante y colectiva, el auto reconocimiento de la comunidad,
el fortalecimiento de la economía local y la configuración de un ritual en la
cultura popular y la vida en sociedad, es por tanto la posibilidad recurrente de
hacer comunidad y de dar sentido a la misma.
Es por esto que
junto a la olla comunitaria se van nutriendo, no solo los cuerpos y el cuidado,
sino todo el ecosistema de gentes que producen el común, quienes hacen y tejen
las huertas, quienes materializan su arte, quienes mueven los medios de
comunicación popular, quienes educan para mitigar el daño de nuestra forma de
vivir, quienes cuidan las semillas, cultivan la palabra o hacen la huelga.
Poner la olla es
poner el futuro y la memoria a relucir, es poner el tejido y la acción sobre la
mesa. Poner la olla nos permite asistir el hambre, mejorar la alimentación de
la población vulnerable, pero a la vez, nos permite trascender la visión
asistencialista de la lucha contra el hambre, pues significa ampliar el poder
hacer de las personas que se juntan y se encuentran en torno al alimento,
ampliar la autonomía de la población en los diversos ejercicios que luchan día
a día por el derecho al alimento. Así que a la olla hay que ponerla en su
lugar.


Los espacios sociales de comunicación y de reivindicación ponen la olla en el centro de la reunión. Gracias por el encuentro en Bosa, plaza fundacional. Todos los hambrientos y sedientos y comieron.
ResponderEliminarLa olla se pone no para los "hambrientos" como despectivamente se mira desde los poderosos, la olla es un escenario de Escuela Política en torno al alimento, a las Solidaridades, a la construcción de Gobernanza desde El Poder Popular.
ResponderEliminarPreferible la olla comunitaria a seguir en la olla.
ResponderEliminarhttps://issuu.com/andergrad/docs/libro_-_cartografiando_la_olla
ResponderEliminarGracias
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