A media cuadra

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viernes, 25 de septiembre de 2026

Gonzalo Arango 50 años después. Un testimonio

 


Por Edgar Suárez Forero

Hoy se cumplen 50 años del día en que Gonzalo Arango murió en un accidente de tránsito. Viajaba desde Bogotá a la hoy incendiada Villa de Leyva, donde, según Jota Mario Arbelaez, se iba a despedir de los monjes del desierto para luego viajar a Londres, donde tenía planeado vivir con su compañera Angelita. Muchas veces, mientras lo leía, imaginé esta escena del poeta con la cabeza rota y la sangre bajando sobre la cara de profeta tribal bajo el sol mañanero de la sábana de Bogotá; imagen que concebía como un signo de fatalidad que lo mantuvo en el país que fue revolcando y rehaciendo con su palabra y su osadía. 

Lo imaginaba porque, en mi remota pero cercana adolescencia, Gonzalo Arango era como un oráculo para enfrentar los nudos que se atan y se desatan cuando se está conformando el mundo. Sentía que había algo que me conectaba a él en un plano casi en místico. Lo encontré porque su nombre está en el tomo de una enciclopedia de nombre Thema. El tomo corresponde a un consultor literario y era un compendio de reseñas y pequeños textos de autores de la literatura universal y nacional ordenados por orden alfabético.  Debajo del nombre con los años de la vida (1931- 1976) estaba solitario el poema: Adiós al nadaismo (texto integro), lo acompañaba una ilustración de la cara del poeta con la melena al viento que reafirmaba su figura de iluminado.  

Adiós al Nadaísmo

Caído en el limbo espiritual suspiro por nuevos suplicios.

Reclútame Señor para la salvación o el terror.

Los ideales que no cambian la vida corrompen el alma.

Esta pureza que cultivo en soledad me da asco.

El espejo ya no me refleja: me culpa.

Dios mío, sálvame de esta paz difunta.

Devuélveme la esperanza y el sufrimiento.

Dame fe en una causa aunque sea perdida.

Dame todo el fuego que sobró de Sodoma, la sed que incendió tus delirios.

Quiero arder ¡arder!

¡Dame, Señor, la desesperación de creer y la felicidad de destruirme!

Cuando conocí la Biblioteca Luis Ángel Arango, fui a desentrañar que había detrás del enigmático personaje, allí me enteré que además ofició como periodista que escribió también teatro, así como un largo epistolario. 

Como un quijote,  capando clase en noveno grado, durante algunos meses, leí la mayoría de textos disponibles en la biblioteca, no solo de Gonzalo Arango, sino de toda la banda. Salía atónito a caminar, fumar y a rumiar frases por el centro de la ciudad, sintiéndome parte de un movimiento que, según la crónicas de la época, ya se había extinguido, pero que yo percibía latente en la cotidianidad, tanto, que era un elemento crucial de la formación recibida. Las primeras lecciones de filosofía o ética estaban en el cuento del pez ateo de la sagradas olas: “…Ahora que estaba solo, exiliado de una humanidad en la que ya no había sitio para mí, el gran bastardo sin porvenir y sin Dios, ahora entonces empecé a sentirme hijo del sol, alma del viento, fruto del Árbol de la Vida, sueño y olvido… El sol de la mañana doró mi cuerpo y mi sonrisa, desnudo y enlazado a las ramas como un mico.

Entonces comprendí que mi reino era ese, el reino puro y verde de los seres sin pensamiento, un átomo de luz en la radiante energía del Cosmos…”

Y la primera lectura sobre la violencia y conflicto colombiano fue la elegía a Desquite:

“Su filosofía, por llamarla así, eran la violencia y la muerte. Me habría gustado preguntarle en qué escuela se la enseñaron. El habría dicho: Yo no tuve escuela, la aprendí en la violencia, a los 17 años. Allá hice mis primeras letras, mejor dicho, mis primeras armas.

Con razón... Se había hecho guerrillero siendo casi un niño. No para matar sino para que no lo mataran, para defender su derecho a vivir, que, en su tiempo, era la única causa que quedaba por defender en Colombia: la vida”


Y la clase de política era el poema revolución, que además repetía como un mantra.


Una mano

más una mano

no son dos manos

Son manos unidas


Une tu mano

a nuestras manos

para que el mundo

no esté en pocas manos

sino en todas las manos.


Cómo iniciación escribí un poema, una parodia del padrenuestro pero dirigido a la nada, lo pasé a un par de pliegos de cartulina y, desafiando la paciencia de mis padres, lo puse en la pared del cuarto. Eso duró ahí como tres días, hasta que mi madre lo censuró, lo cuál merecía por su pésima calidad. Como enmienda, acababa de salir la edición de oveja negra de la Obra Negra de Gonzalo Arango y mis padres me la regalaron. Cargué el libro como un evangelio durante un lustro.  

En medio de ese estado semi febril, le preguntaba a los adultos del entonces, contemporáneos de Gonzalo Arango y de los nadaístas, si conocían algo de su vida y de su gesta. Pero la respuesta era negativa o muy vaga, algunos referenciaban a Gallinazo y su flor para mascar. No podían conocer al gran Gonzalo Arango, por una sencilla razón, no leían poesía. Cada año en la feria del libro de Bogotá, iba al cubículo del nadaísmo, atendido por el mismísimo Elmo Valencia y le escuchaba los cuentos como evidencia de que el nadaísmo no quedaba solo en los libros. 


Los hilos del tiempo terminan juntando pareceres. Así que ya bien entrado este siglo, pasaba lo contrario. Podría estar en una mesa con cinco o seis personas, incluso en el barrio, y Gonzalo Arango y el nadaísmo eran un asunto recurrente. Muchos más, en su ruta, habían llegado al puerto trazado por Arango y allí se habían quedado un rato merodeando. Una secta dispersa en las ciudades de Colombia vieron un horizonte donde la escolástica marcaba el pasado.

Aunque los reconocimientos habituales han estado al orden del día, hay colegios con su nombre y homenajes de centros culturales, la justicia poética ha logrado que las palabras del poeta sigan rebelándose frente los mismos monstruos, pero ahora redimensionados, de una patria infame y una godarria de convento y cuartel que, recalcitrante, taladra la cultura y el vivir.  Así que leer a Gonzalo Arango por los siglos de los siglos amen, ya no es un asunto de retóricas y laureles, es una urgencia vital que nos puede ayudar a salir de este atolladero

Recientemente, mi hijo con sus 14 años me preguntó: ¿Sabes quién es Gonzalo Arango y qué es el nadaísmo? Él había tenido algunas conversaciones con un amigo, un par de años mayor, que le narró algún cuento similar a éste. Y este texto es la respuesta a esas preguntas que nunca acaban.












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