
Por Gabriela Miranda
Aún no logro saber si un cepillo de dientes es un producto de primera necesidad. Mi madre dice que ella y todos sus hermanos y hermanas se los lavaban con ceniza o carbonato y por cepillo usaban el dedo, cada uno el suyo, claro (que ya en total venían siendo 90 dedos). No había cepillos dentales, por lo menos no en ese lugar, los conoció mucho tiempo después, pero mi abuela murió de 93 años con todos sus dientes completos y fijos.
Seguramente el cepillo es importante, ni dudarlo, o por lo menos lo es la limpieza dental (arriba-abajo, arriba-abajo y las muelitas con un movimiento circular). Pero lo que me pregunto con sinceridad es si necesitamos lo que los cepillos ofrecen. De no ser por las palabras dientes, lengua y encías, una no acierta a saber si están ofreciendo una tienda de campaña, una navaja suiza, un auto deportivo o un par de zapatillas. La publicidad realmente puede distorsionar la percepción que adquirimos de un producto.
He hecho un inventario de todas las “posibilidades” que puede tener este mundano objeto. Las cerdas pueden ser oblicuas, comparativas, redondeadas y pulidas, con multiángulos y multitamaños o con exclusiva estrella pulidora, con indicador de cambio y no pueden faltar los filamentos blandos y vibradores.
Por supuesto que el mango es fácil de manejar o traslúcido -único en su tipo-, esbelto y ergonómico, acojinado y de goma, antideslizante o bien, ancho. La cabeza puede ser entera y compacta, de diamante de punta estrecha, flexible, doble y movible y hasta seccionada, para ser sensible a la presión y así dar un ajuste al contorno de los dientes. Incluso se puede adquirir un cepillo con “revigorizante olor a menta”.
Aún no logro saber si un cepillo de dientes es un producto de primera necesidad. Mi madre dice que ella y todos sus hermanos y hermanas se los lavaban con ceniza o carbonato y por cepillo usaban el dedo, cada uno el suyo, claro (que ya en total venían siendo 90 dedos). No había cepillos dentales, por lo menos no en ese lugar, los conoció mucho tiempo después, pero mi abuela murió de 93 años con todos sus dientes completos y fijos.
Seguramente el cepillo es importante, ni dudarlo, o por lo menos lo es la limpieza dental (arriba-abajo, arriba-abajo y las muelitas con un movimiento circular). Pero lo que me pregunto con sinceridad es si necesitamos lo que los cepillos ofrecen. De no ser por las palabras dientes, lengua y encías, una no acierta a saber si están ofreciendo una tienda de campaña, una navaja suiza, un auto deportivo o un par de zapatillas. La publicidad realmente puede distorsionar la percepción que adquirimos de un producto.
He hecho un inventario de todas las “posibilidades” que puede tener este mundano objeto. Las cerdas pueden ser oblicuas, comparativas, redondeadas y pulidas, con multiángulos y multitamaños o con exclusiva estrella pulidora, con indicador de cambio y no pueden faltar los filamentos blandos y vibradores.
Por supuesto que el mango es fácil de manejar o traslúcido -único en su tipo-, esbelto y ergonómico, acojinado y de goma, antideslizante o bien, ancho. La cabeza puede ser entera y compacta, de diamante de punta estrecha, flexible, doble y movible y hasta seccionada, para ser sensible a la presión y así dar un ajuste al contorno de los dientes. Incluso se puede adquirir un cepillo con “revigorizante olor a menta”.
Es fácil saber que de todo esto no necesitamos, aunque cada vez resulta más difícil diferenciar lo médico de lo cosmético. Estas letras son una oda al viejo cepillo de dientes, aquel que las mujeres cubanas fundían para hacer pulseras. Rindo un homenaje al cepillo que no me hacía perder 10 minutos en elegirlo, a su forma de fácil identificación, al tamaño justo de su mango que le permitía entrar en el agujerito aquel junto a sus hermanos cepillos, todos de colores distintos; a sus cerdas blancas, despeinadas y a su cabecita despreocupada. Una oda al cepillo de dientes, aquel sin vanas pretensiones ni aires de grandeza, al de módico precio, al que me acompañó gustoso antes de un beso (y a veces después), a aquel que me arrancó el chicloso pegado en las muelas, el que se cayó en el inodoro y luego tuve que lavar con jabón, al que siempre olvidaba antes o después de alguna aventura, al que sirvió después para lavar zapatos, a aquel que no tuvo temor de ser un cepillo de dientes.
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