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No bien estaba dentro del autobús cuando recordó que había olvidado el lapicero con el que debía llenar la solicitud. Ninguna opción. Si se bajaba para buscarlo no tendría más dinero para tomar un tercer autobús y si lo compraba, el resto de monedas no le alcanzaría para regresar a su casa. Tampoco tendría el valor para pedir alguno a los otros solicitantes, porque los nervios, la ansiedad hacen que uno se vuelva mezquino y cobarde, solo se está ahí de pie, en la fila frente a algún edificio que antes uno no había visto nunca, peleando por una miseria y diez horas de trabajo, se acostumbra uno a no devolver la mirada siquiera. Ahí cuesta pedir un lapicero. No tener uno era una maldición. Cómo se le habrá olvidado si ha hecho la misma cosa tantas veces que hasta ha perdido la cuenta. No encontraba ninguna salida al problema más que la ventanilla del propio autobús. Como otras veces, por ella se iba volando y lo hacía tan rápido que sólo los muy avispados podían verlo pasar. Una vez dado al vuelo nada podía detenerlo. No había carros para esquivar, ni charcos, ni perros, bueno, perros algunas veces. En ese vuelo no necesitaba un empleo, su oficio era ese, simplemente pasar de una calle a otra. Ahí no tenía los bolsillos vacíos, ni mujer que lo mirara con ternura y reproche a la vez, ni dos hijas chiquitas como flores de manzanilla.
Mientras volaba cruzó con valor los patios ajenos y vio los tejados rojos de las casas y los techos tapizados de ropa húmeda, perseguía su sombra que se modificaba constantemente según la forma del obstáculo que sobrevolaba, aparecía, se desaparecía, ahora chica, ahora oblicua, cortada en dos: una parte sobre la acera otra sobre la calle. Volando se acercaba a las plazas para hacer elevarse a las palomas y compitió con ellas sin que nadie ganara, el pecho se le llenaba de aire, la frente despejada de rubor y sudor, seguía y seguía, extasiado, atolondrado. Ojalá pudiera llevar a sus hijitas con él, ellas que eran chiquitas como flores de manzanilla. Les mostraría la ciudad en sobrevuelo y se les quitarían esas caritas de ansiedad y de duda. Estaba a punto de llegar al puente que separa los dos extremos de la ciudad cuando algo como un golpe de aguijón le interrumpió el vuelo, desde las nubes sus ojos se posaron en un breve puntito. Desconcertado se detuvo, se le calaron los huesos, perdió su suavidad de pluma … era un lapicero azul.
Se descubrió sentado en el incómodo asiento del autobús ya para entonces repleto. Su mirada fija en el suelo apuntaba al lapicero, estaba gastado y sucio. No tenía que descender desde las nubes, simplemente debía agacharse. Lo levantó e hizo un garabato en el dorso de su mano para comprobar que servía, pintaba perfectamente. En otro momento encontrarla habría sido una celebración y un cuento para narrar en casa o en la esquina y aún con los otros desocupados en la fila de solicitantes a los dieciséis puestos vacantes.
Pero no. El lapicero, como un cruel recordatorio, lo traía de nuevo a su realidad, lo bajaba del vuelo, lo metía de golpe por la misma ventana por la que había salido. Miró otra vez el dorso de su mano, en tinta azul tenía dibujado un par de alas.
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