
Nada te turbe, nada te espante que todo pasa, el que a Dios tiene todo lo tiene y nada le falta.
TERESA DE JESÚS
A Rosita.
Todo tiene un tiempo. Como cuando nacen los hijos, vienen a los nueve meses por lo general, no llegan antes, así uno pase los días imaginando su piel, sus ojos, su sexo; llenando la vida con sus sueños. En el día esperado, la angustia se hace más grande, inunda todos los instantes y más si no vienen. Pero ellos aparecen en el momento en que encuentran su conexión con el universo, el lugar en este mundo. Su madre hace un esfuerzo sobrehumano entregando su vida para traer una nueva, diferente.
No hay manera de describir lo que se siente al cargarlos. Son tan livianos que sólo se pueden medir desde el pecho, en su suave respiración. Uno busca sus ojos. Pero pareciera que ellos en principio se resisten a ver el mundo que les espera. Poco a poco se van adaptando y miran con mayor confianza. También se aseguran de llorar con fuerza y reconocen los sabores, los olores, las caricias.
Ella entrega su cuerpo. Sus ojos se repliegan de cansancio, los pechos se acrecientan, se inundan de hambre, sus brazos se acostumbran a entender el peso y sus pasos miran hacia adelante llevados por la fuerza y la sensación mágica de lo desconocido.
Con el tiempo también comienzan a decir cosas. Primero sustantivos; personas, lugares, luego artículos que determinan sus realidades, más adelante adjetivos que hacen suyo, único y especial aquello que quieren decir. Después pueden poner verbos para hablar de lo que están haciendo y llegan poco a poco a emplear el lenguaje para significarse de una manera tan precisa que ya no repiten lo que se les dice. Las agudas palabras producto de sus delicadas cuerdas llenan los rincones de la casa: juegan, discuten, se rebelan. Uno se imagina su boca cuando los escucha y sabe que aunque a veces no le guste lo que dicen, esas palabras vienen de ahí, de uno también, no hay manera de resistirse.
Todo tiene su tiempo, como cuando escribimos y tratamos de poner en el papel lo que sentimos, como la búsqueda de la palabra perfecta, como el encuentro con lo que en realidad somos a través de la combinación de letras.
Aparece también despacito la misma cara en otros ojos. Las actitudes, los términos, los gustos. La forma de peinarse, de caminar, de bailar, de conversar, de echar chistes y de reírse. Por esa época comienzan a ir al colegio, a tener más amigos, a llenar su vida con cosas diferentes a las de uno pero similares en la forma de concebirlas. Entonces se acercan al código milenario a punta de garabatos y escriben tantas cartas que ya no pueden guardarse. Discuten entre sí, quieren ser grandes para poder decidir por ellos mismos sin saber aún que decidir a veces tienen sus enredos que dejan huella. Eso también lo aprenden poco a poco, más lentamente porque es difícil asimilar el aprendizaje.
Pero todo tiene un tiempo. A pesar de nuestras angustias, de nuestros deseos, de querer llegar más rápido a algún lado. De buscar la felicidad golpeando cada puerta, cada abrazo, cada sensación. De vivir con la zozobra de que a veces los días se vuelven iguales. De los estudios psicológicos que hablan del término del amor en un año y seis meses. Entonces uno quisiera borrar todo y empezar de nuevo, pero allí están ellos y no hay manera de mirar atrás; el pasado está en el presente y el futuro simplemente no existe, aunque pasemos horas imaginándolo, queriéndolo alcanzar. Cómo salir de viaje pensando en el regreso.
Allí nos damos cuenta que a pesar de ser tan afortunados no somos dioses. Las situaciones se nos salen de las manos, el control que parecería a la medida de nuestra voz segura es sólo una palabra vacía en medio de tantas opiniones. Dios es una corazonada que se hace más fuerte porque estamos solos. Nada cambiará el hecho de todos los errores cometidos, por más que hagas buenas obras, borrar los malos recuerdos resulta desafortunado. Quisieras ser otro pero ya está claro quién eres para los demás y lo que pueden esperar de ti.
Sin embargo, queda la esperanza de todos los momentos vividos, de los estudios psicológicos nefastos, de la banalidad del conocimiento humano, de un mundo de mentiras, de la buena intención de nuestras decisiones, de nuestra humanidad que naturalmente no es pecado. Es entonces cuando todo tiene un tiempo; pero hay que aprender a esperar. Cómo cuando escucho tu voz y sé que has llegado a casa a desamarrar todas mis angustias. Como cuando tú no quieres y yo sí quiero, sin encontrar la paciencia que debe estar en algún lugar de este hombre. Cómo cuando entendemos que la pasión es una exageración del deseo y que el deseo muchas veces es traicionero, porque somos aún como niños que nos dejamos llevar por todo lo que quisiéramos vivir, sin pensar que puede haber algo más allá del miedo.
Ya ni sé!
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