A media cuadra

lunes, 10 de octubre de 2011

Y Dónde queda Guatemala. Violencia, falsedad y emancipación



Por Mario Castañeda

Era el sábado 9 de julio, Ciudad de Guatemala. Muy temprano en la mañana recibí un mensaje de texto por teléfono avisándome sobre el asesinato de Facundo Cabral en este país donde sobrevivo. Perplejo, me senté en el sofá de la sala tratando de comprender por qué sucedió ese terrible acto.

Gradualmente fui, a la luz de observar las burdas formas en que los medios comunicacionales presentaban las noticias y los discursos de inconformidad de la población por el vil hecho, aterrizando en que era cierto lo acontecido. Luego, comencé a cuestionar la manera en que las empresas de información estaban expresando el malestar de las personas entrevistadas.

De las primeras reacciones recuerdo el sentimiento de vergüenza por la imagen de Guatemala en el extranjero. La noticia dio la vuelta al mundo y, como siempre, nuestro país atrajo la atención del planeta a partir de un hecho de violencia. Sin embargo, cuando reflexioné detenidamente sobre ese sentimiento, el enojo me desbordó por tan superficial preocupación.

Yo estaba indignado, no avergonzado. La indignación creo que expresaba más lo que realmente sentía y pensaba de, no solamente el asesinato de Facundo, sino de cómo la gente omite nuestro pasado de violencia. Pareciera que la misma es reciente y que no hay razones de fondo que la sustentan.

Se nos olvidó que hemos estado bajo el dominio cristiano colonial, la marca del látigo del capataz de la finca y la bala contrainsurgente del militar. Le sumaría a estas formas de poder y dominación, la violenta estrategia de adormecimiento y consumismo que los artífices del neoliberalismo promueven.

Por otra parte, lo más lamentable es que hay una evidencia de escasa cultura política en lo que se denomina ciudadanía. Nunca hay referencia de las responsabilidades de nuestro presente a la construcción histórica del sistema en que estamos inmersos sino al presidente, al gobierno.

La masa concibe como única salida a tanta violencia la imposición de formas autoritarias para borrar del mapa a cuanto ladrón, secuestrador, violador, etc, exista, y descarga su odio sobre la figura del mandatario. No ha comprendido que esa figurita solamente cumple, simbólicamente, con la administración del Estado y la imagen pública de grupos de interés que no son tan visibles.

Se concatenan, entonces, por la coyuntura electoral, los discursos por la necesidad de cambiar autoridades “porque el gobierno no hace nada”. La cultura política se reduce al voto, a poner y quitar gobernantes. No se piensa ni siente la política como un ejercicio cotidiano, como una construcción colectiva en función del bien común, sino como un fetiche destinado a instrumentalizar y continuar las relaciones de poder que garantizan la reproducción del orden y del sistema. Menos para comprender y pensar en transformar los problemas estructurales.

Los candidatos ofrecen, como por arte de magia, todas las soluciones a la gran cantidad de problemas que tenemos como sociedad. Mientras, el guatemalteco común, sumido en la indiferencia, solventando el día a día, con tanto miedo interiorizado y que vota por la canción más pegajosa o por una camiseta o unos cuantos quetzales, espera su mesías con tanta vehemencia para cambiar la violencia a través de un milagro.

Lo peor de todo es que quienes se quejan de estas formas de muerte no reparan en las formas violentas que a diario vivimos: la patriarcal, la económica, la política, la educación, de lo que pasa dentro de las casas, la de las empresas de publicidad y, sobre todo, de la omisión de la historia como vivencia del presente y actualización del pasado para mejorar nuestra forma de vida en el momento histórico que nos toca.

Por eso, ante la muerte de Facundo, mi exigencia es de dignidad más que de imagen. Pero no es exclusivamente por la muerte del cantautor argentino, no. Va por luchar contra el olvido de la gente que muere día a día (más de 20). Para no obviar adrede la violencia colonial, la liberal, la contrainsurgente y la de la ficción del mundo feliz en que vivimos.

Quienes se somatan el pecho porque pare la violencia son los que, paradójicamente, claman por la aplicación de la pena de muerte. Son los mismos racistas conservadores. Esos que muestran indiferencia ante los asesinatos de mujeres. Son quienes aspiran a ser como sus patrones, los mismos que lavan dinero, que pagan salarios injustos, que tienen al país entre sus dedos. Esos, los accionistas minoritarios del capital transnacional y sus asalariados clasemedieros.


La muerte de Facundo generó un clamor y conatos de organización para exigir al gobierno de Álvaro Colom que cese la violencia: pero no se indignó. Mientras no exista indignación sino la búsqueda de aceptación y reconocimiento internacional de corte superficial, no tendremos la capacidad de ver al pasado y encontrar las posibilidades de la emancipación.

No basta con llorar desde nuestra parcela y en eterno lamento lo que acontece. No se vale ser hipócrita, mojigato y autoritario. El reto es quitarnos tanta máscara y desentramar las formas que permean lo subjetivo para mantenernos atomizados. La dignidad me cuenta al oído de que existe una historia como proceso y que no es homogénea.

Cuando dejemos de adorar las imágenes violentas del Cristo crucificado; cuando dejemos de ver cine de Hollywood; cuando paremos de contaminar el planeta; cuando rechacemos ser cómplices del capital y su violenta forma de atrofiar nuestras subjetividades, solamente en ese momento podremos hablar de emanciparnos no solo de la violencia, sino de sus causas.

POBRECITO MI PATRÓN

Juan Comodoro,
buscando agua encontró petróleo,
se volvió rico...
pero se murió de sed...

Yo no sé quien va mas lejos,
La montaña o el cangrejo...
Pobrecito mi patrón
piensa que el pobre soy yo...

Quien sabe si el apoyarse,
es mejor que el deslizarse.....

Pobrecito mi patrón
piensa que el pobre soy yo...

Mas que el oro es la pobreza,
lo más caro en la existencia...
Pobrecito mi patrón
piensa que el pobre soy yo...

Solamente lo barato,
se compra con el dinero...
Pobrecito mi patrón
piensa que el pobre soy yo...

Que me importa ganar diez,
si se contar hasta seis...

Facundo Cabral

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