Presenciamos los atónitos
ciudadanos el bombardeo mediático que se cuela en todo lo que tiene que ver con
la administración de esta ciudad. Por un lado, están los medios masivos, e
incluso algunos que se consideran independientes, atiborrándonos de datos
innecesarios y conformando escándalos inexistentes pero que igual terminan en
gritería. Por eso nos enteramos de cosas
insignificantes que de otra manera no hubiéramos atendido. Por ejemplo, supimos
casi al detalle de los restos de basura que venían en los contenedores de los
camiones importados, también supimos de la vida privada de los conductores que
trajeron esos camiones desde Cartagena, el
tema de las basura en Bogotá ha sido llevado al aborrecible formato del reality.
En solo dos meses produjo más titulares y columnas de opinión que asuntos que deberían
latir en un país que aún permanece en guerra: Reforma tributaria; ataque frontales
del capital a la biodiversidad, al territorio y sus habitantes; actos de
flagrante corrupción en la formulación de leyes en diversos frentes; violación
a los derechos humanos; y la lista se alarga. Es claro que los intereses de
estos medios tienen poco que ver con el bienestar común o el derecho a la
información.
Por otro lado está la
administración distrital, recibiendo los golpes, aclarando, sobre informando, y
hasta diciendo esas pequeñas frases de cajón que sirven para cualquier ocasión
pero que en el contexto colombiano con su creciente y excesivo proceso de
privatización y corrupción, que incluye las mismas leyes que nos rigen, siempre
tienen su tufo de mentira, frases del tipo: todo estaba fríamente calculado o aquí
somos pobres pero honrados, demuestran, además, una inclinación a cerrar filas
contra la arremetida. Esto genera tal polarización, que pareciera que la
campaña electoral en Bogotá no hubiera terminado, lo que va en detrimento del
bienestar común, e incluso, de los objetivos
esenciales del Plan de Desarrollo elegido para la ciudad, tal como lo es el
fortalecimiento de lo público mediante un incremento de la participación
política. ¿Cómo participar si la crítica y la veeduría de los ciudadanos son percibidas
como un ataque contra la administración? Si el objetivo es que la participación
ciudadana sea el motor del gobierno de
la ciudad, lo último que se le puede pedir al habitante de la misma es que de
entrada tenga que tomar partido en la confrontación.
Es cierto que la ejecución del
Plan implica evidenciar el conflicto permanente frente a los intereses
económicos que han gobernado la ciudad por encima del bien común, pero eso no quiere decir que los errores
cometidos en su ejecución, lo que incluye mantener e instaurar pequeñas maquinarias
en el interior de la administración con procedimientos e intereses inmorales e
individualistas, desparezcan de la historia administrativa de la ciudad. No por
tener un plan que no tolere la corrupción, y que logre ciertos avances al
respecto, desaparecen las prácticas corruptas. Las evaluaciones triunfalistas
que se dan desde la administración pretenden hacer invisibles muchas de las críticas
necesarias para ir ajustando el Plan a la realidad concreta de la ciudad y del
país.
Reiteramos ante esto que la
administración y sus ilustres funcionarios deben salir más a la calle y dejar
de ver tanta televisión, igual los grandes medios seguirán haciendo su trabajo,
bueno para algunos incautos y terrible para los más concientes, no se le pueden
pedir peras al olmo; pero no es allí en ese mundo inmaterial, conveniente y lustroso
de los medios masivos donde se ganará la pelea, ante esto se debe recordar que
Bogotá Humana ganó las elecciones en las calles, a pesar de la guerra mediática
y la deficiente estrategia publicitaria de su propia campaña.

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