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| Santiago con Milo , Edilberto y Alfredo Forero |
Por Luis Andrés Arias Forero
Mi tío Edilberto murió en la madrugada del pasado sábado diez de octubre. La única persona que figuró como su compañía durante los últimos veinticinco años, mi abuelo Alfredo, lo halló sin pulso y con el rostro intranquilo a eso de las 8:30 de la mañana. La familia Forero, tenaz como siempre, estuvo moviendo cielo y tierra durante todo el día hasta que a las diez de la noche las entidades de salud se apiadaron de nosotros y decidieron ir a recoger el cuerpo.
A la medianoche todos estábamos agotados, cada uno a su manera. La Secretaría de Salud nos dijo que no podría llevarse a cabo un velorio por tratarse de un evento potencialmente multitudinario (así, con el adverbio de moda entre los epidemiólogos del mundo) y que lo lamentaban mucho pero que era una decisión inapelable. Y tienen razón: incluso en los velorios de las personas más mezquinas siempre aparece un montón de vivos llorándolos y extrañándolos, pero el no-velorio de nuestro tío nos dolió particularmente porque era un anciano solitario cuyo único amor de la vida había muerto el año pasado -un perrito criollo llamado Milo- y muy poca gente, por no decir casi nadie, iba a asistir. En todo caso, ninguno de nosotros quiso hacer algo, tanto por cansancio como por responsabilidad civil y la certeza de que sencillamente no había nada que pudiéramos hacer.
Ni siquiera nos dejaron alcanzar a sentir como Antígona o el coronel de La Hojarasca. Todo fue tan rápido y simultáneamente tedioso que en la noche sólo descubrimos una profunda desazón por los mecanismos post mortem que se han decidido para esta posmodernidad covidiana-tecnológica.
Y ahora Edilberto es sólo un montículo de cenizas que ningún cura ni ningún familiar alcanzó a bendecir o llorar como se debe.
Pero ya que nos hemos reducidos a perfiles, códigos binarios y enlaces web uno tiene la posibilidad de ofrecer cierto sosiego, al menos de forma virtual. Y como no se pudo rezar por el alma de mi tío en ninguna iglesia, fue una responsabilidad indiscutible revestir de templo mi perfil y dedicarle unas palabras a mi tío, pues uno no sólo tiene derecho a decir unas últimas palabras, sino también a escuchar unas últimas palabras, que a mi tío no se le pudieron decir por las circunstancias mundiales.
(Agradezco a Ernesto Cardenal, que murió el primero de marzo de este año, el formato de la oración que le dedicó a Marilyn Monroe)
A todo Forero o persona empática que pueda importarle:
Señor
recibe a este señor conocido en una parte muy pequeña de la tierra con el nombre de Edilberto Forero
aunque todos lo llamaban en función de cómo se comportaba.
Recíbelo porque estuvo toda la vida esperando la vida y lo único que llegó a su puerta fue la muerte.
Señor
durante algunas noches he desafiado tu sabiduría cósmica con el filo blando de mi mortalidad
preguntándote con rabia por qué hacías o no hacías algo por esta triste masa humana
y como jamás me contestaste
me cansé
pero regreso porque un hijo tuyo ha muerto Señor
por la madrugada la fiebre carcomió sus pulmones
y su cuerpo se llenó de un vaho terrible que
aceleró su corazón y
ha muerto.
Recíbelo porque nos lo debes:
de la misma manera en que nos has dado el soplo de vida
debes ayudarnos a planear sobre tu valle de descanso.
Sus últimas palabras expresaron la voluntad de tomarse un caldo de pollo matinal que
tal vez le daría la fuerza suficiente para continuar esperando
porque él había esperado mucho Señor
¿qué espera? nos preguntábamos todos
pero él jamás respondía:
seguía esperando.
Y porque seguramente te estaba esperando
(pienso que así era porque jamás llegó alguien)
ahora que fue él quien llegó a ti
bésalo
acomoda sus cabellos grises
descánsale una flor amarilla en su oreja
y hazle creer
que lo que sea que hubiera estado esperando llegó en el momento justo
para que alguien pudiera escribir una oración
y reconciliarse contigo
y empezar a creer que en efecto sí obras
de formas misteriosas
aunque precisas.
Señor:
te pedimos que lo recibas porque nadie merece morir solo
y vivió demasiado tiempo aprendiendo a añorarte
como un ser silencioso sin extremidades
que ha deseado al cosmos durante toda su vida
y finalmente merece ser recompensado
siendo transformado en una estrella gigantesca
que nunca será supernova.
Señor,
permite que descanse de esperar.
De izquierda a derecha: mi primo Santiago Forero cargando a Milo, mi tío Edilberto y mi abuelo Alfredo.

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