A media cuadra

jueves, 18 de febrero de 2021

¿Y Qué pasa en la loma con el virus?

 




Por Andrés Sánchez 

Aquí en Soacha, específicamente en Ciudadela Sucre, también conocida como “la loma”, la pandemia fue vivida de una forma muy distinta, aquí no se le temía tanto al virus como a uno de los tantos jíbaros, las personas salían de sus casas con protección mínima y con el pensamiento de ser imperecederos, entre esos estaba yo.

La gente con la que tuve contacto le tenía miedo a una de esas patrullas de  la policía, pues multaba a todo el que se les atravesara, pero había que no perder el empleo, así Dios estuviera descargando su ira contra ellos; en lo personal le temía a perder a la única persona que me hacia feliz y por la cual daba todo, trágicamente esto sucedió… En fin, lo único que me distraía de ese vacío intenso, era salir a ver esas familias un tanto irresponsables quienes iban a los parques a buscar una huida del encierro, sin importar el tener que cruzarse con el virus, el cual no era tan perceptible como ese característico olor a cigarrillo, con el cual te cruzas en cada esquina. Estas familias mostraban una gran sonrisa, sonrisa la cual sabia que escondía tragedia, tragedia de no saber como sustentar a sus familias, esto lo comprobé más tarde al ver a estas familias formadas en una mayúscula fila para recibir esas ayudas del gobierno, ayudas que más adelante los de cuello blanco supieron sacarle su provecho. Recuerdo salir a las tiendas en las cuales se atendía por las puertas traseras, este proceso se llevaba a cabo revisando cada esquina para asegurarse de que las patrullas o como algunos llaman “tombos”, no estuviesen cerca, el tendero entregaba todo en una bolsa negra y se volvía a casa con sigilo, todo parecía un procedimiento propio de traficantes.

En medio de la crisis aquí en “la loma” muchas personas no podían simplemente resguardarse en sus casas, muchas de ellas no tenían que comer y solo sobrevivieron a punta de aguapanela y unas tostadas de unos cuantos pesos, esta era una de las principales razones para no quedarse en casa, el gobierno no terminaba de entender que muchas de estas familias sobrevivían de vender unos cuantos dulces y bebidas tales como tintos y aromáticas, la gente decía “esos ricos lo tienen todo y por eso dicen que nos guardemos, uno no puede quedarse aquí porque se lo comen las ratas o las deudas”.

Algo que vi con mis propios ojos fue el aumento de la inseguridad, ver a los ladrones abyectos, a los que hasta el mismo virus les tendría miedo, parados en una esquina, esperando como los gemelos Vicario a su víctima, para más tarde después de haberle quitado las pertenencias y hasta el último centavo a un desafortunado, ir al parque donde ya es costumbre venderlas por un precio paupérrimo, con lo cual piensan que llegarán a ser opulentos, pero no se dan cuenta que solo se condenan a una vida de desdichas, de la cual nunca van a poder salir, y por lo tanto, no podrán tener una vida tranquila.


Esa es la situación que trajo la pandemia, una situación triste, que no solo hacía que las familias del barrio se enfrentaran al virus, sino también al hambre, la inseguridad, y el desespero de perder a los que se aman, allí se encontraban muchos, algunos sin trabajo, algunos sin comida, otros sin siquiera una cama cálida.

Aquí termina este relato, el cual viene desde lo alto, desde esa montaña donde el único feliz es el viento que corre a través de mis dedos mientras escribo esto en una roca fría, con el corazón vacío, lúgubre e incierto y con un montón de gente que trata de superar la crisis, una crisis que es muy diferente para los que habitan este lugar.

 


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