A media cuadra

domingo, 13 de noviembre de 2022

Casa vieja bar: El sueño de Goris




Por Andrea J.

Por dónde empezar…

Hubo una época que fue hermosa en la que existía una ruta milagrosa que te sacaba de Bosa a Chapinero en un tiempo récord, o más bien “soportable” en medio del caos de la ciudad; y allá, en lo que parecía ser una frontera de localidades, en una intersección polvorienta de calles destapadas se erigía como un espejismo extraño y loco una pequeña casa un tanto kitsch, colorida y barroca, un pequeño oasis entre la mierda de un sol afanoso.  

“Aquí en este barrio que antes era tierra de nadie, muchos recicladores y habitantes de calle se tomaban la intersección, no era tan seguro venir por acá, y más con esas calles destapadas que cada político que ha pasado ha prometido lo mismo; eso no cambia, nos mienten siempre.  Pero nosotros seguimos aquí” Dice Goris, el artífice de esa casa loca,  plagada de letreros y adornos que desde la ventana de la buseta invita a parchársela.

La verdad es que es un lugar magnético que llama la atención desde que lo divisas entre Villa Anita, Casa Blanca y Britalia, abajo de la 87. Casa Vieja, es una apuesta diferente para tomarse un par de cervezas y entretenerse con la galería de artilugios, objetos y cachivaches de toda índole. Goris Castañeda –como se hace llamar porque aún no me dice su nombre de pila- es el creador de esta tienda museo tan divertida de ver y llena de relatos y “cositas” recuperadas.

El Goris creció en el barrio Britalia con su familia, un padre carpintero que hacía todo tipo de muebles y reparaciones, y de quién heredó el gusto por los artefactos de madera y lo artesanal.  Allá por los ochenta, en la época en la que los circos visitaban el sector, había un muchacho inquieto por las historias que cuentan los objetos y a quién además le encantaban los animales del circo, de ahí salió su curioso apodo: el pequeño gorila que se abrevió hasta Goris.

El barrio Class era en ese entonces el botadero de cosas, y pese a que a sus papás no les gustaba que recogiera vainas de la calle, de niño fue adquiriendo una afición por los objetos recuperados y por la antigüedades, poco a poco se fue armando una colección enorme de la basura, Goris dice que Casa Vieja nació de la idea de un basurero. Acumuló bastantes cosas como para llenar el lote en dónde vivían y así por ese camino armó hace 24 años su guarida. Comenzó a adquirir más y más objetos llamativos, la gente le donaba también y decidió armar una tienda con todo tipo de piezas coleccionables que fue instalando en el techo, en las paredes, por doquier…

“La idea de este bar fue hecho por medio de un basurero, porqué un basurero, porque el Class, el barrio Class era un barrio lleno de basuras, un botadero así como doña Juana y a mi papá y a mi mamá no les gustaba que uno recogiera cosas de acá ni nada de eso, que fuera uno decente, no chatarrear ni nada de eso, a ellos no les gustaba eso. Y a medida de eso yo iba recolectando cosas que me parecían chéveres o como antigüedades y mi papá como era carpintero y yo fui llevándome esa memorización de que mi papá hacía cosas antiguas y todo eso: baúles, armarios, cosas así y después yo fui creciendo, y me puse a coleccionar ya y el basurero se fue del barrio porque ya se llenó de casas y se fue acumulando cosas y en esa trayectoria yo fui armando una tienda y después un bar…” A Goris le gusta contar historias, es un narrador nato con una disposición de mozo de bar clásico que no suelta la palabra.

Inicialmente había matas y arbustos y unas pequeñas canchas de tejo, Goris cuenta que se fue forrando y forrando de cosas y el espacio se fue aumentando, sin ser deshonesto y tomar más de lo permitido en la vía pública, el tema fue arreglado hace como veinticuatro años. “Y entonces la gente comenzó a traer cosas y yo también a comprar, viene gente de muchos lados y así fueron llegando las cosas que tengo acumuladas acá; llenas de polvo porque también uno en la vida acumula polvero”.

Pese a las modificaciones de la urbe, las nuevas vías, la expansión desaforada de Bogotá y de la misma Kennedy, Casa Vieja Bar se ha sabido mantener, sus vecinos reconocen la importancia del lugar e incluso los policías del sector han mostrado su apoyo a Goris y de vez en cuando le dan una mano a los asiduos clientes que de repente salen trastabillando del pequeño oasis.

El Andrés Carne de Res del sur

“Yo me metí en la idea de la tienda cuando estaba trabajando de celador, así como para desahogarse con los amigos, antiguamente todo era más seguro, yo terminaba el turno y me venía a abrir la tienda, pero muy poco. Luego, ya a pedido del público y por lo que es llamativo con todas estas cosas colgando, con la colección, es como ese restaurante Andrés Carne de Res”

Casa Vieja te ofrece un panorama que va desde las clásicas máquinas de escribir rémington, teléfonos de disco, peluches y muñecas calvas, hasta animales disecados, cascos de bomberos y otras rarezas. Es todo un museo urbano recargado de imágenes y de historia de un personaje que está orgulloso de ser un símbolo local de tradición, pues Casa Vieja Bar como reza su registro en cámara de comercio ya hace parte de los sitios turísticos de Bogotá que vale la pena conocer y de paso charlar con su propietario, con Goris, que es una caja de relatos y aventuras y te brinda además un momento de esparcimiento en medio de una sala con cámaras antiguas flotando y de fondo la música bohemia que tanto le gusta (en realidad esa tarde sonaron corridos porque la pantalla-rockola tuvo una pequeña falla). Es un lugar entrañable desde la entrada y que no puedes dejar de mirar, el oasis misterioso en medio de la intersección de tierra y smog.

Hay que decir que Goris tiene cierta afición por los objetos de guerra: cascos militares, camuflados, e incluso armas y otras curiosidades de artillería que ha usado hasta para enchular su bicicleta. Pero entre los objetos más curiosos y destacados se encuentra un portarretratos de su padre, un mueble de la abuelita que pesa más de cien kilos y un curioso mono disecado que cuelga de la entrada principal, el cual fue robado y posteriormente hallado como tesoro en otro basurero de la ciudad para volver a su hogar-galería.

Los objetos y los afectos

Goris afirma que la gente, su distinguida clientela, viene a Casa vieja por la afinidad con el pasado y que los llama la melancolía al ver tantos objetos que han sido abandonados -eso influye considerablemente, según él, en que la nevera se acabe rápidamente- a las personas les gusta ese aspecto de museo de lo cotidiano, tantas y tantas cosas que cuelgan cuidadosamente de las vigas del techo y se alojan con minucioso detalle en las paredes junto a las preguntas por su origen, por lo que guardamos o desdeñamos alguna vez. Los seres humanos estamos hechos de recuerdos, de memorias y de pedazos que guardamos ridículamente como símbolos de algún evento, de alguien, de algo, somos cosas y también polvo. Cuando uno se sienta en alguna de las sillas de Casa vieja, en lo que parece una sala de abuelos que en algún momento habitamos, hay una conexión especial con el recuerdo, con el casco de bombero desteñido, la campanilla inservible de bicicleta o la registradora de buseta vieja que luce tan cómoda y familiar en medio de la estancia.



Los objetos son los amigos que ni el tiempo, ni la belleza, ni la fidelidad consiguen alterar… (Francoise Sagan)

Unas polas

Lo significativo de este lugar entrañable, que es un paraíso perdido en una ruta habitual, es su propia historia y la creación amorosa de un sujeto que está orgulloso de su relato interno y de la colección de cosas locas a la que se ha hecho por casi una vida. Porque Goris no cree en los mandatos, sólo son mentiras, él cree en lo que hace en este lugar y en recolectar y guardar recuerdos.

“El propósito mío es que esto prevalezca, así en algún tiempo toque moverse de lugar, que siga el espíritu, estas cosas son como mi familia, no las quiero olvidar, a la gente le cambia el chip cuando ve todo esto, es como cuando dijimos que íbamos a hablar un ratico y ya le conté media vida, la confianza, Casa vieja…”

Para el final de la conversación, ya había más de una docena de envases de cerveza vacíos sobre la mesa. La verdad no supe su nombre real, pero el Goris es tremendo anfitrión y este lugarcito tan barroco y medio oculto en los confines de la localidad merece una visita y varias rondas.


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