Por A media cuadra
Ver al presidente Nicolás Maduro secuestrado en Estados Unidos es ver el bombardeo de la casa de la Moneda en Chile, los muertos y desaparecidos en el cono sur durante la Operación Cóndor, el genocidio en Centroamérica hace medio siglo, los francotiradores disparando a la cabeza de la gente en Caracás en el golpe del 2002, la masacre de las bananeras o el financiamiento de grupos paramilitares y de la guerra. Todos los países de nuestra región pueden relacionar agresiones, ataques, golpes y abusos perpetrados por el gobierno de Estados Unidos y corporaciones de dicho país, durante nuestras cortas vidas republicanas; incluso Colombia, que ha sido siempre tan condescendiente con el imperio, fue desmembrada a mansalva en los albores del siglo pasado. Esto, viendo el fenómeno en nuestra proximidad, pero a nivel global, la retahíla de la infamia sólo crece.
Así que el ataque a Venezuela es parte del periplo y parte de la rutina. A eso se refería Trump cuando hablaba de devolverle la grandeza a su país, hacer lo que han hecho siempre pero sin ningún velo, violar los derechos de la gente, de las naciones y de su propia ciudadanía con voracidad y alevosía.
Cuando nuestros pueblos latinoamericanos estaban en la lona, y el cuestionamiento y oposición al neoliberalismo eran una voz arrinconada. La revolución bolivariana fue un bálsamo que abrió la posibilidad de siquiera pensar que podíamos sacudirnos del destino impuesto y sus planes continentales, entre los que estaban la extracción de nuestros recursos naturales y energéticos, una sola zona comercial general y desigual destinada para el saqueo y el incremento de la explotación laboral, entre otras calamidades.
La revolución Bolivariana y su arraigo popular, no solo esbozaba la posibilidad de sacudirse del letargo, sino que puso en el primer orden la unidad de los pueblos latinoamericanos y del Caribe, esta apertura ha logrado gestar una institucionalidad alternativa a la que se fueron sumando gobiernos de la región. A las élites regionales y sus medios de comunicación les olió mal el gobierno popular desde su mismo nacimiento, tanto que quisieron cercenarlo de raíz, sin haber cumplido tres años, por supuesto, con injerencia del gobierno norteamericano. Desde entonces los montajes y narrativas que buscan desestabilizar al gobierno venezolano no han parado, desde entonces la oposición dice que las elecciones no son claras, cuando lo que es claro es que ellos las pierden. Desde entonces acuden a la violencia, y esta vez no es la excepción, para tratar de arrebatar el poder que, quiéranlo o no, reside en el pueblo.
Es por ello que este ataque a Venezuela es un golpe a nuestra esperanza como pueblo latinoamericano, y más allá de un operativo militar que viola la jurisdicción internacional y asesina a personas inocentes, nos da un mensaje claro. Así lo han manifestado en el norte: Somos el viejo Imperio, Ustedes, son nuestro patio trasero, sus recursos históricamente nos pertenecen, no permitiremos ningún atisbo de soberanía y desobediencia, y a quién ose levantar la cabeza, se la quitamos. No hay equívoco en el mensaje, incluso lo entienden quienes aplauden y se regodean en la ignominia.
Estados Unidos requiere reconfigurar la dependencia de Latinoamérica a su favor, ampliarla, así sea por las malas, para poder disputar el poder económico y político global; ya sabe que no le basta con su fuerza, requiere avasallarnos. La correlación de fuerzas de los gobiernos latinoamericanos inclina la balanza hacia la obediencia al colonizador y el imperio no ahorrará esfuerzos para que el péndulo se siga inclinando hacia una derecha anexionadora, ya sea interviniendo militar o electoralmente sobre nuestra voluntad.
Por tanto y como siempre, la dignidad le queda a los pueblos y a la capacidad de resistirse a ser solo esta ficha de quitar y poner al vaivén de la voluntad del tirano, lo que implica luchar por la autodeterminación y la soberanía, tendremos que aprender del pueblo venezolano, que seguramente, de nuevo, no será inferior al desafío que hoy se le propone.

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