Por Luis Eduardo Tiboche.Recientemente, la prensa volvió a titular que nuestra ciudad tiene uno de los mejores alcaldes de la región según cualquier ranking; a finales del año pasado laurearon a Bogotá con un premio por ser la ciudad más sostenible ambientalmente, pero Bogotá, en medio de estos reconocimientos, poco a poco se va derrumbando ante la mirada y la acción cómplice del poder que la ha convertido en un suculento negocio para banqueros, urbanizadores y negociantes que ponen como mampara a un alcalde que solo cumple sus órdenes y pretende, con su propaganda cotidiana, que las comunidades nos olvidemos del desastre y miremos para otro lado. Realmente Bogotá es, actualmente, la capital de las basuras, los escombros, los huecos y las obras inconclusas y lentas.
Bogotá es reconocida como una ciudad agroecológica, tal vez por aquello de la agricultura urbana, que para ser sinceros está estancada y con una vocación agroecológica que apenas existe en los débiles discursos propagados, de cuando en vez, por la institución encargada del tema en la ciudad, el Jardín Botánico.
De igual manera nuestra ciudad es reconocida como un gran destino para los negocios, y claro con este galardón uno empieza a entender la transformación del corredor de la calle 26, lleno de hoteles para hombres de negocios, hombres de mundo que terminan conectando con la antigua zona de la Candelaria para continuar con el proceso de gentrificación del centro. Es claro que no se refieren a nuestros asuntos ni a nuestros negocios.
También Bogotá fue declarada como la “capital Mundial de la Bicicleta” desde el año 2018, declaración hecha durante el Foro Mundial del Transporte realizado en la ciudad de Leipzig Alemania organizado por C40 una organización que promueve proyectos para el uso de la bicicleta.
Y en este último “reconocimiento” nos queremos detener un poco ya que somos adictos a la bicicleta, sin duda el mejor medio para movilizarnos en esta caótica ciudad. La realidad de la capital mundial de la bicicleta es otra.
Según el medio británico Financial Times en un informe realizado por la firma Tom Tom Traffic Index, Bogotá se llevó la corona por ser la ciudad con el peor tráfico a nivel mundial, en donde sus ciudadanos pierden en promedio 132 horas al año por trancones en el tráfico, esta nota a su vez fue citada por el medio Portafolio hace un año. Pero no falta que una firma internacional haga sesudos estudios y genere informes para una realidad que cada día millones de bogotanos sufrimos y padecemos en la cotidianidad, afectando nuestra seguridad personal, nuestra salud mental y en términos generales nuestra calidad de vida.
La administración distrital, argumenta que este reconocimiento se debe a que tiene una infraestructura de 630 kilómetros de vías exclusivas para bicicletas, que en las jornadas de ciclo rutas los días domingos y festivos se movilizan cerca de 1.2 millones de usuarios, que tiene el corredor más largo de ciclovía de 17 kilómetros a lo largo de la carrera 7a, que cada día se realizan más de 850 mil viajes en bici, que tiene una extensa red de ciclo parqueaderos, que la ciudad cuenta con un negocio de bicicletas compartidas.
En este eterno caos de movilidad, la bicicleta es el único medio de transporte que tenemos los sectores populares para trasladarnos a nuestros trabajos, al estudio o a realizar gestiones en general. No es un medio usado como modo de vida para el goce o el divertimento.
Una revisión a paso de bicicleta de la llamada malla de bicicarriles y ciclorrutas nos muestra un panorama bastante desalentador. Y aquí vuelve a ponerse de manifiesto la segregación en la ciudad. Hacia el norte, corredores como los de las carreras séptima y once presentan un estado relativamente bueno. Es hacia el sur que los corredores son una afrenta a los biciusuarios, por ejemplo la carrera Treinta, la Boyacá, la Ciudad de Cali al costado sur.
La cinta asfáltica está destrozada con grietas y huecos de diferentes tamaños; el diseño de las mismas presenta ondulaciones a lo largo de los corredores, las rampas para cruzar en calles son un atentado a los ciclistas y a sus vehículos dado el grado de caída que tienen, a lo largo de estos recorridos es seguro que nos topemos con diversas obras y los consabidos arrumes de materiales de todo tipo y una que otra máquina que tose un humo espeso hacia el cielo gris. Otro obstáculo reiterado es la herencia que nos dejó el señor Peñalosa con sus bolardos. Súmele a esto que dada la estrechez de los andenes, los biciusuarios terminan disputándose la ruta con los peatones, las motos eléctricas y mototaxis con lo que eso significa para la seguridad humana.
Dejamos para otra oportunidad el tema de los parqueaderos que deberían ser públicos, gratuitos y con toda la protección del caso, incluyendo, claro está, los de los centros comerciales.
¿Y qué hacer?
Antes que nada y como en todo el cuerpo social: organizarnos y exigir nuestros derechos.
Somos actores de primera línea con el único medio de movilidad que no contamina, es decir aportamos a mitigar la crisis climática, pagamos los impuestos con los que se hacen las vías, incluyendo las de movilidad de las bicis. La exigencia debe ser destinar vías exclusivamente para la movilidad de los ciclistas. Mejorar sustancialmente en diseño y extensión la llamada malla vial para la movilidad de los ciclistas, la misma debe estar debidamente señalizada y con corredores de arborización para minimizar los altos impactos de contaminación producidos por el transporte público y privado. Aquí la organización de ciclistas debe participar activamente en el mantenimiento no solamente de los corredores, sino de las infraestructuras, las cuales deben ser manejadas por organizaciones populares de bicinautas (talleres, zonas de mantenimiento y demás).
Desde el territorio del agua, Techotiva.
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