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| Ana María cuesta |
In Memoriam Ana María Cuesta, una luchadora infinita
Anita era infinita. Esa mujer de tez morena que de entrada parecía enojada, o malacarosa, era la encarnación de la ternura, el compromiso, la brillantez, la sensibilidad y la fuerza. Ella pintaba con rabia, con el dolor que muchas personas cargan en este país, pero esa rabia estaba o está cimentada y bañada en amor. Ana nació en Bogotá cuando el suroccidente era más verde y polvoriento, se crió junto a su nana, su abuelita Rosita, su mamá Ana y su hermana en la supermanzana 7, que es una zona céntrica e histórica de Techotiba. Desde niña fue lectora, observadora y seguramente ya tenía un destino como defensora furiosa de los derechos humanos, no solo por la influencia de su linaje materno, también fue la influencia de Renán, su padre, sobre el valor de defender la vida a toda costa. Su ternura absoluta, su habilidad para unir y comunicar junto a sus primas con quienes tenía una emisora casera y obras de teatro. Esa comunión con las suyas fue el origen de su linaje, la memoria de sus ancestros y ancestras en su caminar marcarían la senda de su andar por esta vida.
Ana durante su adolescencia recibió la fe cristiana, de donde comprendió la entrega del corazón por los demás, por el bien mayor del colectivo, o tal vez lo que hizo fue empezar a crear estructuras para lo que ya había cimentado en su seno familiar. Más adelante en su vida Ana María se alejó de la religión, pero no de su sentido ético y político. En esa época conoció a su mejor amiga Erika, con quien peleaban a veces por las formas de hacer rebaño, porque Ana ya demostraba su rebeldía contagiosa que terminó uniéndolas durante años y hasta hoy.
La Directora de nuestro corazón empezó a estudiar sociología en 2003 en la universidad Santo Tomás. Allí comprendió las realidades de un país en guerra que necesitaba (necesita) recordar y afrontar sus dolores, así como lo tuvo que hacer ella a sus 19 años, cuando un médico le dijo que estaba enferma y que solamente tenía un par de años de vida. Pero Ana, en su despliegue de fuerza renunció a vivir una vida limitada, en cambio, vivió la vida de manera más intensa, brotando y desparramando vida a cada segundo. Bajo ese lema de vivir, de iluminar y servir, se consolidó su ternura y la de sus amigxs en la conformación del colectivo Dexpierte en el 2010, donde a través de arte stencilero empezaron a hacer memoria de las víctimas del conflicto armado.
En su rebosante vitalidad se ganó una beca para estudiar una maestría en Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Nacional Autónoma de México, allá en México adoptó a Tango, su perro, quien la acompañó hasta el final. Ana gustaba de la literatura y recordando su niñez y adolescencia, se grababa para sí y para los demás leyendo fragmentos de libros que le gustaban o que consideraba lecciones que merecían quedar para la posteridad. Anita era la encarnación del amor, era una mujer que podía conectarse con el dolor del mundo y del otro, en ella habitaba una necesidad de dar cariño, de sostener, de cuidar y sanar. Lo que supuestamente la apagaría, la hizo poderosa.
Ella trabajó para la Agencia Nacional de Tierras y la Unidad para la Atención y Reparación integral de las víctimas. Además fue profesora investigadora en la Corporación Unificada Nacional, siguiendo así los pasos de las mujeres de su vida y las enseñanzas de su padre. Su mente sagaz y creativa le permitió visionar la sociología como herramienta al servicio de la paz, el arte urbano como medio, la pedagogía popular como método y la entrega como propósito vital para buscar la paz.
Ana antes de ser directora del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación (CMPR) fue parte importantísima de su funcionamiento, a través de la creación de estrategias de difusión artística y cultural inicialmente y luego como parte del equipo de Apropiación Territorial, con el cual recorrió barrios, procesos comunitarios y conoció líderes y lideresas sociales, a quienes ayudó a consolidar sus discursos, y formas ante las victimizaciones que habían sufrido. En noviembre de 2023 tras la renuncia del anterior director, Ana asumió la dirección, en un nombramiento que en principio no esperaba, pero que a la larga fue consonante con el pleno conocimiento que ella tenía del Centro.
Desde ese momento, el CMPR se convirtió en un lugar que honra las memorias vivas, un lugar donde se puede transmutar el dolor, darles luz a las víctimas y sus familias, vinieran de donde vinieran. Así, las víctimas de crímenes de Estado, víctimas de las guerrillas, o víctimas pertenecientes a la fuerza pública se congregaron en él. Ana veía en la sanación del dolor un motor de transformación social y colectiva, Ana ayudaba a quien estuviera frente a ella. Decía mamita, reina, mi amor, mi vida tanto a las doñas madres de las víctimas, como a quienes hacemos parte de los colectivos a los que ella apoyó ciegamente confiando en el trabajo que se realiza. Ella expresaba el amor a quien estuviera cerca y perteneciera a sus afectos, que no eran pocos. Además, tenía un detector que no fallaba por su gran capacidad de leer a las personas y sus intenciones, y cuando veía alguien o algo que no le cuadraba, asumía una postura distante, pero diplomática en sus formas. Su sabiduría era precisa, pero sobre todo, inundada de amor.
En las últimas semanas, su enfermedad y la inoperancia asesina de la EPS Famisanar que desde el mes de diciembre de 2024 dejó de entregarle los medicamentos que necesitaba para vivir, empezaron a ganarle la carrera vital. El sufrimiento que estaba Ana sintiendo pudo ser evitado y eso duele mucho. Sin embargo el estar rodeada del amor que brindaba a los demás, debió ser impulso para seguir. Cumplió años el 5 de junio pasado y sus palabras fueron premonitorias:
Hace poco me preguntaron que cómo me sentía con treinta y nueve años. Parce, ¡yo podría irme mañana tan tranquila! Porque hemos hecho muchas cosas. Los que me conocen saben que jamás hablo en nombre propio. Hablo en plural porque crecí en un colectivo y crecí con ustedes. Esto es de todos y de todas. Gracias por celebrar la vida conmigo. Para mí, la vida es…algo que me encanta. Amo vivir. Hemos tenido la muerte tan cerquita, y a pesar de que sepamos de que ella ganará en algún momento, tenemos la chance de jugar hasta el último minuto. Jugar para ganar ¡Salud!
Estas palabras para quienes la amamos y queremos son la prueba de quién fue Ana en vida. La Directora de nuestros corazones se nos fue el 11 de junio de 2025 en la madrugada, tras esperar, luchar y resistir el embate final de la muerte. Con los corazones destrozados sus amigos, su equipo de trabajo, militares, jóvenes artistas y las víctimas llegamos a su sepelio a honrar su memoria con pinturas, carteles, alabaos, orquídeas y pólvora en los aires, intentando devolverle un poco del amor que ella regaba en el mundo.
El cielo lloró durante tres días su partida, porque no paró de llover, de estar gris, y no es para menos. El Centro de Memoria, Paz y Reconciliación ahora son parte de ella, de su legado de amor, cuidado y fuerza, porque eso era y será ella para muchxs de lxs que defendemos la vida en Bogotá: La fuerza inagotable del corazón.
Te amaremos y te querremos siempre, eres gigante, eres infinita Ana Renata.

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