Por Edgar Suárez Forero
1
Una de las primeras escenas que mi vida recuerda es estar en la construcción de la segunda planta de la casa de los abuelos mirando cómo levantaban el puente de la Avenida Primero de mayo sobre la Avenida 68, recuerdo ver las columnas y el puente a medias, yo tendría en ese entonces cuatro años de edad. En la red X hay una foto aérea del puente recién construido a comienzo de la década del ochenta, allí se ve el barrio Los Ángeles y sus calles ya pavimentadas, se ve el techo de la casa de los abuelos y al frente el bus intermunicipal que mi abuelo manejaba para llevar el sustento. Mis abuelos paternos habían llegado al lugar a mediados de la década del sesenta, en ese entonces construyeron un cuarto en esa calle y allí fueron fraguando el nido.
Apenas un par de años después llegaron a la misma calle, a pagar arriendo en la capital, mis abuelos maternos migrando del campo y la violencia con parte de su prole. Mi madre contaba con algo más de diez años de edad en ese entonces, sus padres regresaron al campo y ella se quedó en la ciudad que desde allí se expandía. Hoy la mitad de la cuadra ha sido demolida por el paso del metro pues allí será ubicada una estación. Desde la terraza de la casa, la abuela ve la recomposición de las ruinas y la polvareda donde antes había gente con puertas, nombres y ventanas. Más allá se ven las columnas y el puente a medias.
2
Mi padre tenía una grato ritual, cada tanto, luego de salir de su trabajo en el centro de la ciudad, me llevaba a visitar algún lugar de su pasado, un día íbamos al lugar donde vivió su infancia, en el barrio Inglés, otro iba al lugar donde su abuelo arreglaba zapatos, de ello me quedan fragmentos de su historia de vida, que por supuesto es la propia. Al otro lado de la avenida en otra cuadra cercana del mapa en referencia, más de una vez estacionó el carro para contarme que aquella casa era la primera que yo había habitado. Ya no recuerdo cuál era. En estos barrios hechos por autoconstrucción y ya consolidados como San Eusebio, Torremolinos, el Tejar transcurrió mi primera infancia junto a una familia extendida que crecía en barrios aledaños y cuya descendencia aún recorre, en su mayoría, estos caminos. Hace muy poco recorrí estos barrios para llamar a la memoría, fue una sorpresa encontrar que muchas de sus calles se mantienen casi intactas al paisaje del recuerdo. También permanecen los puentes peatonales sobre las quebradas canalizadas afluentes del Río Fucha, que fue también canalizado desde mediados del siglo pasado. Atravesar estos puentes sobre canales grises y generalmente secos eran una gran aventura. Esas son las alcantarillas, señalaban los mayores.
Mis padres sacaron a crédito un apartamento en el barrio Timiza, apenas a un par de cuadras del Parque y el lago. En aquel entonces el parque tenía una gran rueda panorámica y el lago emitía fétidos olores que llegaban hasta la Isla, así le llamaban a la urbanización a la que llegamos, dado que la construcción se levantaba rodeada de potreros. El barrio seguía naciendo. Ya tienes nuevas ventanas dijo mi padre señalando las luces en los cerros surorientales, al otro lado del apartamento, se veía el Hospital de Kennedy recién terminado, y se alcanzaba a ver el tráfico sobre la Avenida Primera de mayo a la altura de la hoy llamada avenida Poporo Quimbaya o calle 40 sur. Pronto el horizonte se fue menguando con la construcción de nuevas urbanizaciones al punto de que ya no volvió a verse la avenida, sino las edificaciones con las que fue llenándose el barrio en todos los puntos cardinales. Hoy ha vuelto a verse la avenida. Los taladros suenan a la media noche y hay luces de colores que alumbran la construcción del metro en las alturas. Durante el día, la avenida entra en el barrio, con semáforos, tráfico, ruido y contaminación. Cuentan, en las tiendas, que hay personas que han tenido que dejar el lugar por problemas respiratorios, puede ser cierto, el trancón en horas pico abruma.
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| Padre y madre en el Parque Timiza años 80 |
3.
Ya fuera para ir al centro o al Quiroga donde quedaban los colegios donde estudié la secundaria o para acudir a cualquier cita, la Avenida Primero de Mayo era casi de uso obligado, los trancones, que ahora han vuelto con creces, eran largos, pero había muchas rutas de busetas que desviaban al Muzú, a Matatigres, a Kennedy central o al Restrepo y que permitían salir de la avenida por un tiempo, para luego, tarde que temprano, volver a ella. El tramo más lento era el cruce con la avenida Boyacá, que se hizo casi inmovil cuando empezaron a hacer el puente sobre esa avenida en el año 1994, pasar la Avenida Boyacá por el desvío, en hora pico, podría tardar cuarenta minutos. Era un mundo sin celulares ni divertimentos tecnológicos, en esos trancones solo quedaba cabecear y esperar, o tal vez leer, aunque decían los mayores que eso dañaba los ojos. Pero no hay que ser desagradecido, por esos tiempos y unos cuantos años más tarde, siempre hubo transporte público en las altas horas de la noche y en la madrugada, La Primero de mayo no lo dejaba a uno tirado, siempre pasaba una buseta o un colectivo que atravesaba la ciudad hacia el sur occidente y que a esas horas podía alcanzar velocidades vertiginosas.
Hace ya un buen tiempo, antes del puente de la Boyacá, de regreso a casa se veía una taberna-discoteca al costado derecho, creo que se llamaba Los balcones. Entonces no se presagiaba que esta zona sería el rumbeadero más grande y populoso del sur de la ciudad. A comienzos de los noventa abrió Plaza de las Américas, el primer gran centro comercial del sur occidente, luego de ello el sector empezó a cambiar. Se sumó el parque Mundo Aventura, el estadio de Techo, cuadra picha, las salas de cine. Las calles de los barrios circundantes se fueron atiborrando de locales. La mancha de neón, las caras del rebusque, los negocios, pillajes y placeres llegaron casi hasta la Avenida 68. En esta franja se instaló el centro motelero más grande de la urbe, por supuesto a espaldas de la Primera de Mayo. Hoy, mientras montan las columnas de cemento sobre la avenida, el tráfico se desvía para la calle de los moteles, por lo que ha perdido su distingo de pretendida clandestinidad.
Por las obras del Metro, desde Roma hasta la Guaca, hay negocios que cerraron sus puertas, mueblerias, almacenes, tiendas y bailaderos; otros lugares han desaparecido entre los escombros, escuelas de baile, restaurantes, talleres de mecánica, pero más acá de la sombra que crece, o a pesar de ello, la avenida sigue latiendo sin parar, en Plaza la rumba no para, y si es un sábado en quincena es además masiva, Cuando empieza a amanecer, se pueden encontrar expresos que salen a diferentes lugares de la comarca. Soacha, Ciudad Bolívar, Bosa, anuncian los conductores.
4.
Al barrio volví -aunque nunca me fui- ya entrado este siglo, en este camino de ir contando lo que pasa. Ya con otros pasos y diferentes saberes, cambiaron las velocidades de observar y transitar una ciudad que se iba rehaciendo en sus múltiples rincones y memorias. El barrio también ya fue otro, más espeso y variopinto y sus límites se hicieron pronto agua. A pie o en bicicleta, se fue haciendo un registro de las mareas del territorio. La avenida también es un río dónde se encuentran las rutas e iniciativas de quienes resisten, de quienes sospechan y conjuran. Desde el sur se fueron fraguando movilizaciones y marchas que se convocaban y transitaban en y por la Primero de mayo. De las localidades iban saliendo pequeñas quebradas que iban llegando a su cauce, y ya fuera en el Hospital, en el Sena de la Treinta, en la Caracas o en la Décima se iban sumando estos afluentes en medio del regocijo de sentirse parte de lo mismo y de armar una que otra pelea. Cuando llegaba la marcha desde el sur al centro, el asunto se ponía serio.
En la Avenida a la altura de la calle 40 recibimos a la Minga y sus caravanas de chivas y montamos una olla en la entraña del barrio ante la emoción de algunos, la extrañeza de otros, y la inquisidora voz de transeúntes malhumorados. En las orillas de la Primera de mayo se montaron conciertos, encuentros, almuerzos, tertulias. Cerca quedaban El humedal la Tingua Azul, la agencia Techotiba, algunos teatros populares y muchos procesos comunitarios por donde deambulamos, junto a un enjambre de amistades, amores y desafíos. Cerca a la Avenida vi nacer al hijo bajo la luna llena y gigante y aquí pienso en los amigos que no están, en sus correrías, en sus enseñanzas.
Para la segunda década de este siglo, las marchas fueron cambiando de horizonte y en vez de fluir hacia el centro, se quedaron en el sur, la contracorriente pronto se hizo corriente, y la cartografía -o mi cartografía- fue restaurando lo cercano. Tramo a tramo fui reconociendo al Socorro, Britalia, el Carmelo o Bosa en todas sus distancias, hasta conformar la ciudad reiterada, lo que incluye la música, los paisajes, los relatos.
Así como hubo también movilizaciones fallidas, a las que llegábamos cinco gatos, y ante las cuales no quedaba más que ir a casa o irse a beber para hablar, seguramente, de cómo lograr darle vuelta al juego; el 21 de noviembre del 2019, la movilización fue multitudinaria. El pulso social, sin tanta alharaca, nos sacó de la casa y la Primero de Mayo, a la altura del Hospital, era un mar de gente asombrada de sí misma, gente en pijama que no quería dormir, las caras de la vecindad hecha multitud, las voces amigas de tantas edades en vivo y en directo. Como contraste y para apabullar la solidaridad en flor, veinticuatro horas después, un operativo de gran escala, encerró a la población, las calles estaban desiertas y las ventanas prendidas, fue la noche en que se iban a entrar a los conjuntos y los conjuntos entraron en un pánico programado para mitigar la movilización social.
5.
Hoy el paisaje es abrupto. Más acá de la propaganda oficial, la Avenida ha perdido luz, su matiz se ha tornado gris como una tarde espesa. Es como si hubiéramos perdido una batalla contra seres gigantes y ellos hubieran dispuesto un monumento a su gesta en nuestro incierto futuro. No deja de parecerme que las megaestructuras que se han erigido sobre la ciudad se ven ajenas y desarticuladas, no logran entender la ciudad que se queda y se agita, esa ciudad que, a veces, se toma un aire para mirar al cielo.
Dos temas para acompañar:
Hablándole al suelo
Voy por la ciudad, hablándole al suelo,
de pronto soy niño y luego un abuelo.
Levanto la cara al muro de ceniza.
¿Qué se puede hacer? La calle agoniza.
Suenan taladros a la media noche
rompiendo la tierra que ya está agraviada,
el barrio se queda sin nombre ni cielo
mientras la memoria se queda enterrada.
El futuro es tan cruel en tiempo presente,
torre de babel, igual somos gente
que viene y que va con boca y con vientre
como la serpiente de tierra caliente.
De vuelta no hay caso, la sombra se crece,
el día llegó y pronto anochece,
justo en el trancón recorro la vida:
no sé qué pasó, volví a la salida.
Toda nuestra historia se encuentra plegada,
cemento a granel a cambio de nada,
será mejor ir a contracorriente,
volver al reducto que afiebra la mente
Voy por la ciudad hablándole al suelo
de pronto soy niño y luego un abuelo.
Levanto la cara al muro de ceniza.
¿Qué se puede hacer? La calle agoniza.
Paisajes abruptos en cada ventana,
esto se putió y ya no es mañana.
Aquí todo pesa, aquí nada flota,
negocios que quiebran en la calle rota.
Yo vuelvo a mis pasos, busco a los parceros,
por suerte su fuego sigue siendo fuego,
recupero el sueño en cada palabra,
aquí nadie espera que las puertas se abran.
Voy por la ciudad hablándole al suelo
de pronto soy niño y luego un abuelo.
Levanto la cara al muro de ceniza,
¿Qué se puede hacer? La calle agoniza.
https://soundcloud.com/edgar-suarez-forero/hablandole-al-suelo
Caminar afina
Caminar afina al animal que me germina
andar sin artefactos, de facto, me domina
y si encuentro charcos, supongo ser un barco
y si golpea el sol, me abrazo a su calor.
Todo cabe en la maleta, este libro por si acaso,
el fuego está en la chaqueta, un poquito de bareta
por si se revuelve el día, no se olvide el cargador,
aunque voy bien de potencia.
En la lista está el amor y la voz en la conciencia
que ahora juega a mi favor, o a favor de mi camino,
ya somos el mismo vino y la misma disidencia,
en la calle y la frecuencia.
Caminar afina al animal que me germina
andar sin artefactos, de facto, me domina
y si encuentro charcos, supongo ser un barco,
y si golpea el sol, me abrazo a su calor.
Voy al tiempo de quien cuida la huella de la manada
la distancia está acordada por la memoria y el duende
que entre tanto se me enciende en el cuerpo cuando viajo
Ya conozco mis atajos.
La palabra se despliega y la rima se desprende
voy andando entre la gente, el paisaje es la mirada
del que vuelve y se desliza entre el fuego y el presente,
saludando al camarada
Caminar afina al animal que me germina
andar sin artefactos, de facto, me domina
y si encuentro charcos, supongo ser un barco,
y si golpea el sol, me abrazo a su calor
https://soundcloud.com/edgar-suarez-forero/caminar-afina-1







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