Por: Sebastián González, Colectiva Entramadas Periféricas
Foto portada de artículo La casa en el agua Mariana Zárate
Las veredas de San Bernardino y San José, ubicadas en el límite sur occidental de Bosa, se constituyeron en las últimas cinco décadas en una suerte de periferia de la periferia. En Sanberno y San José hasta hace 10 años aún se veían zorras, que el Distrito llamó de manera eufemística “vehículos de tracción animal”. La presencia de zorras daba cuenta, precisamente, de la particular vida cotidiana de San Bernardino: un barrio en el que coexistían los últimos cultivos de hortalizas de Bosa, el Cabildo Indígena Muisca, casas alargadas de dos a cuatro pisos entre estrechas calles, bodegas de reciclaje, barrios emergentes de viviendas precarias de lata en los bordes del río Tunjuelo y un puñado de dispersas casas de bahareque y tejas de barro roídas por el tiempo. Caminemos a pie por las veredas describiendo su presente, revisando algo de su pasado.
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Iniciamos en una concurrida esquina conocida como El Tropezón en la que fuera la principal vía de Bosa, anteriormente llamada Calle 13. Una periodista en 1998 describió la vía como una trocha en la que “hay cientos de viviendas de personas que en verano conviven con la permanente polvareda que levantan el viento y los vehículos que transitan por allí y en invierno, con el barrial y la lluvia que ocasionan caídas, incomodidad para los transeúntes y hasta inundaciones dentro de las casas del sector, pues no hay alcantarillas para esas aguas” .
Foto 1. Foto aérea El Tropezón Sebastián González
Foto 1.1. Familia Muisca en la vereda San Bernardino (1960 Aprox.). Archivo Entramadas Periféricas
Esta situación cambió a finales del siglo XX con la realización del proyecto “Franja Seca” que, entre otras cosas, pavimentó esta importante vía que conectaba el centro de Bosa con su sector occidental hacia el conocido barrio de Bosa La Libertad y las últimas parcelas de El Recreo y El Porvenir, compradas en esos mismos años por el proyecto Metrovivienda.
La pavimentación de esta vía acaso marcaba un hito de un modelo de crecimiento urbano que llevó la infraestructura a la localidad sólo cuando sus espacios rurales y no urbanizados fueron de interés para el desarrollo de grandes proyectos inmobiliarios. Desde entonces, este modelo se ha profundizado, la vía principal ahora es auxiliar de la Avenida Bosa, imponente con tres carriles por cada sentido y conjuntos residenciales, que gigantes, se han erigido a lo largo de esta vía.
El Tropezón conserva, no obstante, la agitada vida comercial, quizás por ser una intersección que por décadas conectó desde el occidente a los barrios aledaños a La Libertad y desde el sur a San Bernardino con el centro de Bosa y con Bogotá. En esta esquina diariamente se desarrolla un singular encuentro de centros de salud, panaderías, fruterías, verdulerías, carnicerías, casas de empeño, loterías, casinos, restaurantes, discotecas, almacenes de ropa, ferreterías y licoreras.
En la esquina suroriental encontramos un enorme parqueadero que según cuenta Blanca Sofía Neuta, mujer indígena muisca de Bosa, de 81 años, hizo parte de las propiedades del “General” Anastasio Díaz, un hombre a quien se le entregó tal reconocimiento por haber liderado a 20 personas del municipio de Bosa durante la Guerra de los Mil Días. Esta calle hacia el sur es la vía principal de San Bernardino y conserva el mismo trazo del camino de herradura que durante el siglo XIX y XX conectó a sus habitantes con Bosa. Esta vía no fue incluida en el proyecto de Franja Seca, por lo que tendrían que pasar un par de años del siglo XXI para que San Bernardino tuviera un acceso pavimentado.
Caminamos hacia el sur por lo que fueron las fincas de familias Neuta y Chiguasuque, a nuestro paso encontramos, en cada esquina, acceso a un intrincado laberinto urbano de angostos callejones semipeatonales que zigzaguean entre casas y oblicuos postes de electricidad, mientras que sobre la vía principal se extiende el apretujado comercio de los más diversos almacenes.
Vamos por La Concepción y San Pedro, algunos de los primeros barrios que se construyeron en la vereda de San Bernardino. Los terrenos empezaron a ser loteados y habitados por cientos de familias en la década de 1970, para 1981 San Pedro ya se encontraba formalizado. En la resolución de legalización aparece como responsable una persona originaria de San Bernardino, Efraín Orobajo, quien era el propietario de una de las fincas donde se construyó el barrio. Sin embargo, fueron Heriberto Parra y un hombre de apellidos Cruz Bautista, dos personas externas a la vereda, quienes se encargaron de la venta de lotes para la edificación del barrio. A pesar de obtener una legalización relativamente temprana, la Junta de Acción Comunal de San Pedro tuvo que solicitar durante toda la década de 1980 la definición de planos urbanísticos en los que se asignaran zonas verdes y se asegurara la llegada de servicios públicos básicos, especialmente del alcantarillado, pues las casas se inundaban con aguas negras en épocas de lluvias.
A la par de San Pedro creció La Concepción, las personas que llegaron se organizaron en el Comité Pro-Defensa de los Adjudicatarios del Barrio “La Concepción” para denunciar los incumplimientos y engaños realizados por la empresa encargada de la legalización. En una carta del 28 de noviembre de 1977 dirigida al director del Departamento Administrativo de Planeación Distrital, el Comité denunciaba “el inhumano estado en que vivimos, todo por responsabilidad del urbanizador y de las autoridades competentes”. En el resto de la carta el comité denunciaba la laxitud de las instituciones frente al incumplimiento de la empresa y solicitaba que la aprobación de planos se diera sólo cuando el urbanizador cumpliera con las condiciones necesarias para urbanizar, así mismo solicitaba que se aplicaran las sanciones por los incumplimientos. Desafortunadamente, el comité desconocía que dos años atrás los planos ya habían sido aprobados.
Los casos de San Pedro y La Concepción marcaron la entrada en San Bernardino de nuevos actores que transformaron una apacible vida rural en una convulsa vida urbana. Por una parte, los actores privados, ya fueran empresas constructoras o individuos avivados, que veían en el loteo de fincas un negocio próspero. Por otra parte, cientos de nuevos vecinos buscando resolver su problema de vivienda. En tal contexto se generó un conflicto entre los habitantes tradicionales de San Bernardino y los nuevos vecinos, pues mientras que los primeros buscaban defender una vida campesina que se veía amenazada por el crecimiento urbano, los segundos buscaron formas asociativas que les permitiera luchar por la consolidación de sus barrios.
Esta tensión se hizo patente en una carta enviada por el Comité del barrio La Concepción en la que solicitaba una visita técnica para diferenciar los problemas urbanos de los rurales. Esta carta, que tiene un marcado tono despectivo hacia los indígenas de San Bernardino, muestra cómo los nuevos habitantes se concebían diferentes a las “gentes nativas” de la vereda.
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Avanzamos por la calle principal, siempre atiborrada de buses, camiones, vehículos, bicitaxis, bicicletas y carretillas haladas por recicladores que desde la prohibición del uso de caballos transportan el reciclaje con su mera fuerza vital. Hacia el final de La Concepción una torre de 14 pisos irrumpe el paisaje urbano de la ciudad autoconstruida, es una mole gris llamada Reservas de Sienna que reproduce un desastroso estilo arquitectónico, que no sólo se ha expandido en los bordes de la ciudad, sino que ha densificado pequeñas manzanas que se encontraban aún sin construir.
En la acera de enfrente se encuentra el colegio Villa Carolina en una modesta estructura de dos pisos pintada de un característico color amarillo, este lugar despierta una fuerte “nostalgia campesina” pues antes de la expansión urbana aquí se ubicaba Pénjamo, un espacio de encuentro en donde se jugaba tejo al costado de una bonita casa de bahareque, se comía rellena y huesos de marrano cocinados en leña mientras se tomaba chicha. De cuando en vez sonaba el formato de cuerdas andinas en vivo a cargo de músicos locales. Podemos decir, como se solía decir en la vereda haciendo juego con la canción de Pedro Infante, “ya vamos llegando a Pénjamo”.
Pasando llegamos al barrio La Independencia, a partir de aquí el tráfico empieza a disminuir, mientras caminamos encontramos el mismo sistema de callejones contiguos, a diferencia de los tramos anteriores la mayoría se encuentra sin asfaltar. Aparecen ahora más casas de un ladrillo anaranjado color tierra unidos por líneas de gris cemento. Frente a una bodega de chatarra con paredes de latas metálicas encontramos un conjunto residencial que se yergue extraño entre casitas de ladrillo.
Continuamos nuestro camino hasta llegar a lo que fue la finca de Sixto y Verónica Neuta, su finca llegaba hasta la orilla del río Tunjuelo, en ella cultivaban maíz y cebada, también criaban animales como chivos y gallinas. Heredaron una parte de sus terrenos a sus hijas, entre ellas Benilda Neuta, quien durante su juventud mantuvo su vida campesina dedicada al cultivo junto a sus padres. Sin embargo, la imposibilidad de la agricultura procurada por la contaminación del río Tunjuelo y la expansión urbana la obligaron, como a muchos habitantes de la vereda, a vender parte de su único capital: la tierra. La legislación que buscaba evitar la conformación de barrios clandestinos no sólo fue incapaz de contenerlos, sino que criminalizó a los campesinos que como Benilda buscaban escapar al hambre a través de la venta de sus tierras. En una carta enviada por Benilda a Planeación Distrital explicaba por qué incumplió la normatividad al vender más de tres lotes y por tanto ser requerida por supuestamente ser una urbanizadora pirata:
“Primero, yo no tenía conocimiento de las respectivas reglamentaciones al respecto. Segundo, las presentes ventas las hice, porque yo estaba endeudada y no tenía mas conque pagar las deudas y me estaban ejecutando considere Dr. que mas podía hacer, y ciendo de mi propiedad el terreno y precisamente por que tenia de donde responder me prestaban para mis necesidades.” (sic)
A dos cuadras al sur nos encontramos con un paso peatonal que sube sobre el jarillón del río Tunjuelo, subidos en su “lomo” podemos observar las huellas arquitectónicas de los diferentes momentos de urbanización de las veredas, como en un encuentro de temporalidades. Mirando hacia el oriente, al otro costado del río, vemos las más de diez unidades habitacionales de vivienda de interés social sobre la vereda San José. Son decenas de torres de apartamentos de siete pisos que superan por mucho la densificación urbana que alguna vez generaron los barrios autoconstruidos.
Mientras que en los barrios encontramos viviendas autoconstruidas que crecieron hacia arriba como crecían las familias, con un primer piso de locales utilizados para el autoempleo, ya sea en tiendas o en talleres de distintos oficios, en los conjuntos residenciales encontramos primeros pisos cercados por rejas electrificadas y seguridad privada las 24 horas. Este modelo se ha expandido por toda Bogotá y ha encontrado también en Bosa San José y San Bernardino “terrenos urbanizables” sobre los cuales desplegar su ciudad de fronteras.
Foto 2. Foto aérea Maryland y San Bernardino Sebastián González
Al costado occidental del río, por contraste, se ubica un aserradero en un lote de gran tamaño cercado por tejas de lata, detrás suyo encontramos un consolidado barrio popular llamado Villa Emma. En 1990 era un barrio en medio de una vereda que persistía en actividades rurales a pesar de la contaminación del río. Aún en el 2005 no era claro para sus habitantes la demarcación de las vías y los retrocesos exigidos en los lotes para la futura construcción de las mismas. En una carta de una habitante de Villa Emma del 2005 solicitaba esta información pues, según explicaba, “me urge saber cómo debo proceder para construir legalmente el segundo piso de mi vivienda ya que nos encontramos muy estrechos en un solo piso y mis niños sienten mucho frío por la humedad que expele el primer piso”.
Aún hoy la construcción de andenes y pavimentación no se ha realizado ni en Villa Emma, ni en los barrios que siguen hacia el sur, quizás es por esto que en el ambiente se siente una pequeña polvareda que pulula perpetuamente. Dos cuadras adelante, en un callejón que se aproxima al río se encuentran dos espacios que articulan la memoria territorial con las luchas presentes del Cabildo Indígena Muisca de Bosa, son el Cusmuy y una de las huertas del cabildo. El Cusmuy es una casa ceremonial circular construida en techo cónico de paja, dentro de él se realizan diversos rituales que complementan las resistencias territoriales y por la memoria con la dimensión espiritual. La huerta, por su parte, se ha constituido en un espacio donde mantener una conexión con el pasado campesino en las condiciones urbanas actuales, allí se reúnen comuneras para cultivar cilantro, tomate, pimentón, yerbabuena, manzanilla, acelgas, lechuga, entre otras plantas que permiten crear un vínculo entre pasado y presente.
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Caminamos más al sur y el paisaje urbano se transforma, la calle principal pierde su precario asfalto de a pocos hasta que, justo frente a la antigua finca Santa Librada, se convierte en una sólida trocha. En la ronda del río Tunjuelo un pequeño campo abierto permanece inundado, generando un pequeño ecosistema para algunas garzas que reposan en él como recordando chucuas desaparecidas. El agua también inunda una casa de bahareque abandonada que se ubica en un extremo del campo y que paradójicamente se sostiene en pie entre el humedal de agua muerta. Se le ha nombrado literalmente la casa en el agua: es a la vez metáfora y ruina del pasado campesino en San José.
Nos adentramos por uno de los callejones entre casas prefabricadas con tejas de asbesto y grandes bodegas de reciclaje. A medida que avanzamos el ruido disminuye y el aire pareciera perder a cada paso una cierta densidad hasta que llegamos a un campo abierto, el callejón se convierte en un camino rural de eucaliptos que se miran hasta el horizonte. En el paisaje también aparecen vacas y un puñado de casas, acaso las últimas casas campesinas de San José.
Estamos frente a lo que fueron las haciendas Las Mercedes y La Isla. En la primera de ellas aún se ve una plataforma de concreto sobre la que se ubicaba la Capilla Menor de San José, que inexplicablemente fue demolida hace algunos años sin tener en cuenta ningún criterio patrimonial, como un misterioso favor de alguna mano negra para la empresa urbanizadora. La Isla, por su parte, aún conserva su casa principal. De manera paradójica, la esperanza de conservar los últimos resquicios de la vida rural dependía, en parte, de los propietarios de las haciendas, quienes se relacionaron con las y los habitantes de San Bernardino y San José en calidad de patrones y quienes nunca las habitaron más que como fincas de paseo.
Se ha terminado el camino, en este punto vemos a un costado del campo unas grandes torres de apartamentos. Es una de las decenas de unidades residenciales que se construyeron sobre lo que fue la hacienda ganadera de Campo Verde y hace parte de un colosal proyecto de vivienda social llamado Parques de Bogotá, son más de veinte conjuntos residenciales en los que habitan alrededor de 80.000 personas.
En los terrenos aún no urbanizados de Las Mercedes y La Isla se han colocado unos gigantescos postes en los que ondean banderas rojas que anuncian el fin definitivo de los predios rurales de las veredas. Es la llegada de la ciudad bajo un arrasador modelo urbano que amenaza la existencia del pueblo Muisca de Bosa y nuestras memorias de lucha por la vivienda.
Foto 3. Foto aérea Parques de Bogotá Sebastián González


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