A media cuadra

domingo, 5 de abril de 2026

El meme como forma de comunicación



Por Francisco Gómez 


Repetir, repetir, repetir hasta que parezca verdad

El discurso político ya no es un discurso que se argumenta: se repite.

Se repite hasta que se naturaliza.

Se repite hasta que se vuelve conversación automática.

Se repite hasta que deja de parecer discurso.

Hoy la política no entra al pensamiento por el discurso sino por la pantalla. No llega como una cadena de ideas sostenidas, sino como un flujo constante de imágenes, gestos, canciones, frases recortadas, clips de quince segundos. No importa si es coherente: importa si circula. No importa si es verdadero: importa si se reconoce. El discurso político contemporáneo no se construye, se clona y se inserta 

Pero este régimen no es ni mucho menos espontáneo, es el resultado de una ingeniería social y mediática que entiende algo fundamental: pensar necesita tiempo y esfuerzo y eso cansa, sentir engancha y esa velocidad es casi en tiempo real. Por eso el mensaje político ya no busca persuadir sino activar emociones inmediatas. Miedo, burla, orgullo, rabia, pertenencia... El meme funciona como catalizador perfecto: rápido, ligero, emocionalmente cargado, listo para ser compartido sin pasar por el filtro de la duda.

Así, el discurso sustentado es reemplazado por una constelación de memes. Ninguno dice mucho por sí solo, pero juntos producen sentido. Un sentido pobre, fragmentado, pero eficaz para el fin. La política se vuelve una suma de chistes, insultos, íconos y frases hechas que reaparecen en conversaciones cotidianas como si fueran ideas propias, lo cual es para mi uno de los elementos más peligrosos de esta nueva relación con la imagen y el mensaje, los memes se repiten en la mesa, en el bus, en el chat familiar. Se dicen sin pensar. No porque se crean, sino porque están ahí. Porque sobreviven.

Ese es hoy el texto político hegemónico: un texto sin autor y sin lectura, hecho para ser reproducido, no comprendido, la saturación no elimina el poder; lo disuelve, lo hace casi intangible, el control ya no es por prohibición sino por exceso, por positividad, por estímulo constante, por consenso. El meme no impone: seduce. No obliga: invita a repetir. Y en esa repetición, el discurso se vacía de conflicto y se llena de reflejos, sobre todo de los reflejos de la carencia. Reírse también es votar. Compartir también es tomar partido. Aunque no se quiera.

Genes culturales, imágenes traidoras

Richard Dawkins definió el meme como un gen cultural: una unidad mínima de información que se replica, muta y sobrevive según su eficacia en un entorno determinado. Esta definición, usada hasta el cansancio, es incómoda porque señala algo que preferimos ignorar: las ideas no triunfan por ser verdaderas, sino por ser replicables.

Desde ahí, el problema no es el meme, sino su monopolio. El meme como gen social no es, en sí mismo, un agente de empobrecimiento. También puede ser un vector de transformación. Puede condensar conflictos complejos, traducir tensiones invisibles, abrir grietas en discursos oficiales. Puede ser una herramienta pedagógica, irónica, corrosiva. Un meme puede ser un arma torpe o una herramienta precisa.

Pero no hay inocencia. Todo meme selecciona, recorta, exagera.

Aquí aparece Joan Fontcuberta como una figura clave. En El beso de Judas, Fontcuberta desmonta la fe en la imagen como prueba de verdad y nos recuerda que toda imagen es una construcción interesada, un artefacto cultural cargado de ideología. La imagen siempre miente, pero no siempre de la misma manera. A veces miente para ocultar; otras, para revelar.

El meme es la imagen que ya no disimula su traición. Nace para deformar, para exagerar, para simplificar. El problema surge cuando esa deformación se consume como verdad y no como signo. Cuando el chiste reemplaza al análisis. Cuando la ironía se vuelve dogma.

En este punto, la responsabilidad ya no es solo del productor del meme, sino que se comparte con el observador. Cada vez que se comparte un meme se activa un gen cultural, cada repetición refuerza una narrativa, cada risa valida un encuadre. No hay neutralidad en la circulación, incluso el “solo es humor” es una posición política.

La memética como gen positivo exige algo incómodo: lectores activos, no solo usuarios. Sujetos capaces de sospechar de lo que consumen, de reconocer el dispositivo, de entender que la imagen no muestra, sino que propone. no se trata de no mirar más estas imágenes o de eliminarlas, por lo contrario nos pide aprender a desconfiar de ellas. Aplicado al ecosistema digital, esto implica aprender a leer memes como se leen textos: preguntarse qué repiten, a quién sirven, qué silencian.

Hoy, el peligro no es que todo sea meme, sino que solo sepamos hablar en memes. Que perdamos la capacidad de sostener una idea sin convertirla en consigna, sin volverla imagen, sin hacerla viral. El meme, cuando no dialoga con otras formas de pensamiento más lentas, se vuelve ruido autorreproductivo. Un gen que solo quiere sobrevivir.

No se trata de erradicar el meme. Eso sería tan absurdo como intentar erradicar el lenguaje. Se trata de complejizarlo, de devolverle capas, fricción, contexto. De usar su potencia sin rendirse a su lógica totalizante. De aceptar que vivimos en un ecosistema memético y decidir, conscientemente, qué ideas queremos seguir replicando.

Porque repetir no es inocente.

Porque compartir no es neutro.

Porque el discurso que no se piensa, se hereda.

Y lo heredado, casi siempre, llega de quien te gobierna.


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