
Por Gabriela Miranda
A Simón Frías Moreno, quien desde que nació supo lo que era luchar
Así fue como comenzó todo. Yo venía de Faca, acababa de recoger unas piezas y tenía un hambre de hospicio. Allá por la calle segunda me metí a comer lechona y ahí estaba en la silla de al lado, el dichoso libro con su tapa inconfundible. Yo quise estudiar Letras en la Nacional, pero ya ve, me tuve que meter a trabajar en un taller, antes que nada. Hice tiempo para dar tiempo a que nadie llegara. Tomé el libro y me fui. Me alcancé a sentar en la buseta y lo saqué. La tapa es muy bonita, tiene una hamaca vacía y unas botas al lado, botas altas, con espuelas, de general precisamente. Y se leía: Gabriel García Márquez. EL GENERAL EN SU LABERINTO. Novela. EDITORIAL OVEJA NEGRA. Mire aquí lo tengo.
Abrí la primera página y con letras alargadas alguien había escrito esto mismo que dice ahora, tome lea:
Miguel, sólo con los mejores uno aprende que no siempre se ganatu mamáSantander, 1989
Y me puse a leer. Era un libro aburrido. Pero cuando llegué al taller, estaba ahí Martín, un maestro de la escuela que siempre tiene puesto un saco café y que llevaba su viejo carro al taller, me miró y me dijo: “¿Estás leyendo a García Márquez? Todo el mundo reconoce ese libro por la portada.” Le di el libro y pensé que iba a llorar porque sus ojos se hicieron grandes y después chiquitos. Y entonces sin mirarme dijo, “Alguien debería leérselo al propio Bolívar”. Y me lo devolvió.
Así, aburrido y todo tardé ocho meses en leer el libro completo, hasta hoy. Siempre que podía iba hasta a la plaza para leerle al General su libro, debajo de su monumento. Por eso le digo que yo comencé este relajo.
Supe al estar cerca del monumento a Bolivar, que alguna gente lo hace parte de suvida y hasta se preocupa por él. Fíjese, una vez que llegué tenía puesta una bufanda rosa alrededor del cuello, le sentaba bastante mal pero le abrigaba. Un día en que hacía un calor insoportable, le pusieron unas gafas oscuras, pegadas con cinta, seguro por aquello de los rayos ultravioletas. Otra vez llevaba una bandera de muchas rayas de colores en la espalda, era como una capa, los colores hacían verlo desde lejos. Y debe ser muy famoso porque una mañana de domingo, una gringa se tomaba una foto con él. Hacía un frío del demonio pero ella llevaba una pantaloneta bien cortita y decía “Ah, Simon de Bolivar”.
Debí haberme dado cuenta de que algo pasaría, cuando ya estaba por terminar el libro y yo leía en voz alta El general Santander, en uno de sus primeros actos de gobierno, la desterró del país. Manuela se sometió a su suerte con una dignidad enconada, primero en Jamaica, y luego en una errancia triste que había de terminar en Paita, un sórdido puerto del Pacífico a donde iban a reposar los barcos balleneros de todos los océanos. Allí entretuvo el olvido con los tejidos de punto, los tabacos de arriero y los animalitos de dulce que fabricaba y vendía a los marineros mientras se lo permitió la artritis de las manos. Entonces escuché un crujido, era un sonido seco como de algo que se rompía. Voltee hacía la estatua y como siempre, el General miraba a la lejanía, pero me pareció que sus ojos brillaban y que se hacían grandes y después chiquitos. Yo seguí leyendo, ya sólo nos quedaban tres hojas. Las palomas volaron al momento en que leí la oración final, “los últimos fulgores de la vida que nunca más, por los siglos de los siglos, volvería a repetirse. FIN”. Sentí como me caían sobre la cabeza pedacitos de cemento, miré de nuevo a la estatua, y no me creería si usted misma no le viera ahora caminando por televisión, pero el General se movía, despegaba sus botas altas, despegaba su ceño fruncido y se arremangaba la capa. No sé cómo se bajó del pedestal, ni que hizo con la espada, pero ya lo ve, ahí caminado. Yo fui tras él, no para seguirlo como todos esos que se le fueron detrás, sino para hacerlo desistir, para que recapacitara. Pero no me escuchaba, marchaba de frente, pesadamente, como quien lleva una tonelada a cuestas. Yo gritaba, “Simón, General, espérese que lo van a ver” Pero nada. Caminó y poco a poco fue agarrando soltura, pero no dejaba de ser lento, ahora no sé si caminaba lento por lo mucho que pesaba, por los años de viejo o simplemente pensando en lo que haría.
La gente se comenzó a dar cuenta de lo que ocurría. Iban tras él, salían de todos lados, de Catedral, cerraban sus negocios, cambiaban su rumbo. ¡Ahí va el General, seguro va a liberarnos de nuevo! ¡Una revolución, una reforma! ¡Independencia, soberanía, libertad! No sólo la gente iba detrás, también las palomas de la plaza, volaban en torno, como una parvada de pájaros que migra rozando el suelo. Todos estaban frenéticos, reían, se abrazaban, se daban palmadas de felicitación y caminaban.
Cuando llegó a la séptima, ya nada pudo detenerlo, y la gente amontonada no dejaba que me acercara siquiera, yo creía entonces que sólo yo podía interrumpirlo. Pero lo detuvo algo más grande, algo tan grande que todavía no sé lo que es.
Mire usted, tomó camino rumbo a Nariño, como bien dijeron en los noticieros. Llegó el ejército, estaban por todos lados, en lo alto de los edificios y en sus ventanas, en los resquicios de las tiendas cerradas, todos apuntaban al General Bolivar, que nada hacía sino caminar y que no llevaba su espada. Cuando llegó a la plazoleta del Palacio, se oyó como rugido una orden: “¡Disparen!”, pero no salió ni un solo tiro. Uno dijo “pero Comandante, es el General Bolivar!, el Libertador de las Américas”, “¡Qué Libertador ni qué carajo!, ¡disparen, que la Patria está en peligro!” Entonces dispararon, pero las balas rebotaban y se venían exhaustas a tierra. El general continuó su camino con la gente detrás y amparados por una nube de palomas callejeras.
Se detuvo frente del edificio del Palacio de Nariño. La gente gritaba más fuerte “¡Va a quemar Nariño!”, “¡Abrirá las puertas del Palacio!” “¡Va a tomar la presidencia!”. Pero Bolivar, ahí mismo bajó sus pantalones de bronce, se agachó y así, sin más ni más, ante las miradas absortas, comenzó a cagar. Cago y cago. Cagó con una dignidad tal que nadie pudo hacer nada. “Podríamos detenerlo por faltas a la moral”, titubeo un tipo de traje que había salido del edificio del Senado, pero nadie lo detuvo. Sólo estábamos ahí, mirando y sin saber que hacer. “Menos mal que no escogió la Catedral para hacer semejante acto de desacato, el muy sin vergüenza” dijo quien, después supe, era el Obispo de Bogotá.
Un olor fétido cubrió todo el ambiente. La gente comenzó a sacar pañuelos para taparse la boca y la nariz. Toda le gente. Había pañuelos por todos lados, blancos, marrones, azules. Quienes llevaban más de uno lo pasaban sin duda. Muchas pañoletas de colores hermosos iban y venían, tapando las caras de las mujeres, de los niños y de los soldados. La gente envolvía sus caras, sólo con los ojos descubiertos fijos en el General Bolivar que no dejaba de cagar y que mantenía ese rostro impávido que le dio su estatua. Con los pañuelos en la cara, la multitud parecía un ejército sin guerra, con rostros multicolores y ojos abiertos.
No sé cuanto tiempo el General estuvo cagando. Luego se puso en pie y se levantó los pantalones. Ya para entonces sabíamos que no abría una revolución, ni otra Independencia, que no tendríamos más que una Plaza de Bolivar sin Bolivar. Pero también sabíamos otra cosa, lo mismo que dice su libro, con Bolivar o sin él, no siempre se gana pero siempre podemos cagarnos en Nariño.
El General tomó camino hacia Paita y nunca volvió.
Abrí la primera página y con letras alargadas alguien había escrito esto mismo que dice ahora, tome lea:
Miguel, sólo con los mejores uno aprende que no siempre se ganatu mamáSantander, 1989
Y me puse a leer. Era un libro aburrido. Pero cuando llegué al taller, estaba ahí Martín, un maestro de la escuela que siempre tiene puesto un saco café y que llevaba su viejo carro al taller, me miró y me dijo: “¿Estás leyendo a García Márquez? Todo el mundo reconoce ese libro por la portada.” Le di el libro y pensé que iba a llorar porque sus ojos se hicieron grandes y después chiquitos. Y entonces sin mirarme dijo, “Alguien debería leérselo al propio Bolívar”. Y me lo devolvió.
Así, aburrido y todo tardé ocho meses en leer el libro completo, hasta hoy. Siempre que podía iba hasta a la plaza para leerle al General su libro, debajo de su monumento. Por eso le digo que yo comencé este relajo.
Supe al estar cerca del monumento a Bolivar, que alguna gente lo hace parte de suvida y hasta se preocupa por él. Fíjese, una vez que llegué tenía puesta una bufanda rosa alrededor del cuello, le sentaba bastante mal pero le abrigaba. Un día en que hacía un calor insoportable, le pusieron unas gafas oscuras, pegadas con cinta, seguro por aquello de los rayos ultravioletas. Otra vez llevaba una bandera de muchas rayas de colores en la espalda, era como una capa, los colores hacían verlo desde lejos. Y debe ser muy famoso porque una mañana de domingo, una gringa se tomaba una foto con él. Hacía un frío del demonio pero ella llevaba una pantaloneta bien cortita y decía “Ah, Simon de Bolivar”.
Debí haberme dado cuenta de que algo pasaría, cuando ya estaba por terminar el libro y yo leía en voz alta El general Santander, en uno de sus primeros actos de gobierno, la desterró del país. Manuela se sometió a su suerte con una dignidad enconada, primero en Jamaica, y luego en una errancia triste que había de terminar en Paita, un sórdido puerto del Pacífico a donde iban a reposar los barcos balleneros de todos los océanos. Allí entretuvo el olvido con los tejidos de punto, los tabacos de arriero y los animalitos de dulce que fabricaba y vendía a los marineros mientras se lo permitió la artritis de las manos. Entonces escuché un crujido, era un sonido seco como de algo que se rompía. Voltee hacía la estatua y como siempre, el General miraba a la lejanía, pero me pareció que sus ojos brillaban y que se hacían grandes y después chiquitos. Yo seguí leyendo, ya sólo nos quedaban tres hojas. Las palomas volaron al momento en que leí la oración final, “los últimos fulgores de la vida que nunca más, por los siglos de los siglos, volvería a repetirse. FIN”. Sentí como me caían sobre la cabeza pedacitos de cemento, miré de nuevo a la estatua, y no me creería si usted misma no le viera ahora caminando por televisión, pero el General se movía, despegaba sus botas altas, despegaba su ceño fruncido y se arremangaba la capa. No sé cómo se bajó del pedestal, ni que hizo con la espada, pero ya lo ve, ahí caminado. Yo fui tras él, no para seguirlo como todos esos que se le fueron detrás, sino para hacerlo desistir, para que recapacitara. Pero no me escuchaba, marchaba de frente, pesadamente, como quien lleva una tonelada a cuestas. Yo gritaba, “Simón, General, espérese que lo van a ver” Pero nada. Caminó y poco a poco fue agarrando soltura, pero no dejaba de ser lento, ahora no sé si caminaba lento por lo mucho que pesaba, por los años de viejo o simplemente pensando en lo que haría.
La gente se comenzó a dar cuenta de lo que ocurría. Iban tras él, salían de todos lados, de Catedral, cerraban sus negocios, cambiaban su rumbo. ¡Ahí va el General, seguro va a liberarnos de nuevo! ¡Una revolución, una reforma! ¡Independencia, soberanía, libertad! No sólo la gente iba detrás, también las palomas de la plaza, volaban en torno, como una parvada de pájaros que migra rozando el suelo. Todos estaban frenéticos, reían, se abrazaban, se daban palmadas de felicitación y caminaban.
Cuando llegó a la séptima, ya nada pudo detenerlo, y la gente amontonada no dejaba que me acercara siquiera, yo creía entonces que sólo yo podía interrumpirlo. Pero lo detuvo algo más grande, algo tan grande que todavía no sé lo que es.
Mire usted, tomó camino rumbo a Nariño, como bien dijeron en los noticieros. Llegó el ejército, estaban por todos lados, en lo alto de los edificios y en sus ventanas, en los resquicios de las tiendas cerradas, todos apuntaban al General Bolivar, que nada hacía sino caminar y que no llevaba su espada. Cuando llegó a la plazoleta del Palacio, se oyó como rugido una orden: “¡Disparen!”, pero no salió ni un solo tiro. Uno dijo “pero Comandante, es el General Bolivar!, el Libertador de las Américas”, “¡Qué Libertador ni qué carajo!, ¡disparen, que la Patria está en peligro!” Entonces dispararon, pero las balas rebotaban y se venían exhaustas a tierra. El general continuó su camino con la gente detrás y amparados por una nube de palomas callejeras.
Se detuvo frente del edificio del Palacio de Nariño. La gente gritaba más fuerte “¡Va a quemar Nariño!”, “¡Abrirá las puertas del Palacio!” “¡Va a tomar la presidencia!”. Pero Bolivar, ahí mismo bajó sus pantalones de bronce, se agachó y así, sin más ni más, ante las miradas absortas, comenzó a cagar. Cago y cago. Cagó con una dignidad tal que nadie pudo hacer nada. “Podríamos detenerlo por faltas a la moral”, titubeo un tipo de traje que había salido del edificio del Senado, pero nadie lo detuvo. Sólo estábamos ahí, mirando y sin saber que hacer. “Menos mal que no escogió la Catedral para hacer semejante acto de desacato, el muy sin vergüenza” dijo quien, después supe, era el Obispo de Bogotá.
Un olor fétido cubrió todo el ambiente. La gente comenzó a sacar pañuelos para taparse la boca y la nariz. Toda le gente. Había pañuelos por todos lados, blancos, marrones, azules. Quienes llevaban más de uno lo pasaban sin duda. Muchas pañoletas de colores hermosos iban y venían, tapando las caras de las mujeres, de los niños y de los soldados. La gente envolvía sus caras, sólo con los ojos descubiertos fijos en el General Bolivar que no dejaba de cagar y que mantenía ese rostro impávido que le dio su estatua. Con los pañuelos en la cara, la multitud parecía un ejército sin guerra, con rostros multicolores y ojos abiertos.
No sé cuanto tiempo el General estuvo cagando. Luego se puso en pie y se levantó los pantalones. Ya para entonces sabíamos que no abría una revolución, ni otra Independencia, que no tendríamos más que una Plaza de Bolivar sin Bolivar. Pero también sabíamos otra cosa, lo mismo que dice su libro, con Bolivar o sin él, no siempre se gana pero siempre podemos cagarnos en Nariño.
El General tomó camino hacia Paita y nunca volvió.
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