Por :Miguel Ángel Barahona
El neoliberalismo lo economiza todo.
Es lo que nos ha tocado. Vivimos en un tiempo extraño conducido por gerentes.
Un tiempo administrado. Hacemos y somos como jefes de nuestras vidas. Pero no
somos jefes aunque queremos serlo. Creemos poder ser el jefe. Celebramos como
el jefe para mostrarnos qué tan jefes llegar a ser. Gastar es de todos. La
modernidad vuelve meros objetos lo que toca. La montaña que a la vez es la
abuela, pero no solamente, ha sido explotada y explotada. Los gerentes no siembran.
Ellos calculan el crecimiento exponencial de la planta que luego venderán. No
se había visto en la historia seres humanos que hablaran tanto y sembraran tan
poco. No sé cómo volveremos a hablar con la piedra antigua. Siento a los
animales que me rodean entristecidos por la exclusión de mi lenguaje. La sábila
que crece en la huerta sabe que estas palabras han decidido apartarla del
destino de mi vida. Nuestra palabra más bella ya ha olvidado cómo expresarse
frente a su anatomía. Su lamento no sabe decirnos nada. Pero si los humanos
pudiéramos saber algo de lo que su tristeza tiene por mostrarnos. Si creyéramos
en el secreto que su vida nos revela.
Sembrar es querer demorarse. Es
fijar un encuentro posible en este mundo que creamos y creemos a diario. Es la
necesidad de habitar el presente que es donde la vida crece. Para ver cómo
brota desde la sed de las raíces hasta el calor de las hojas esa fuerza de
frijol o de papa. Mis palabras también
brotan. Han nacido cientos de veces sobre esta tierra que hemos arado todos. Y
sus semillas son tan antiguas, tan lejanas sus primeras veces. Estoy hechizado
por las imágenes que están atrapadas en sus significados. En mi vida está el
secreto de su origen. En algún lugar permanece velada su mística creadora, que
habitó en mi madre y en la suya también. No puedo ver de qué está hecha la
barrera que impide comunicarme con la planta que crece a mi lado. Sin embargo,
ella crece y yo hablo. Separados. Yo escribo sobre ella que no habla ni me dice
nada. Sobre su tristeza que mis palabras denominan. Esas palabras enmudecen
todas las expresiones de la vida que crece a mí alrededor. Los ecos se aferran
como el pulgón verde. Después de todo es verdad que mi sed es de agua igual que
la suya. Todo por remendar. Del árbol de brevo comen las aves, comes tú y como
yo. No hay belleza en el arte del capital que encubre la muerte.



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