Por Giovanny Araque Suárez
La historia dirá un día su palabra, pero no será la historia que se enseñe en Bruselas, en París, en Washington o en las Naciones Unidas: será la que se enseñe en los países liberados del colonialismo y de sus títeres. África escribirá su propia historia, de gloria y de dignidad, al norte y al sur del Sahara.
Patricio Lumumba
Malcolm, Lumumba y Fanon aunque nacidos en continentes distintos durante 1925 se entrecruzan en el siglo XX, hoy el eco de sus ideas y de sus acciones resuenan en el mundo.
Malcolm X nació en mayo de 1925 en Nebraska, Estados Unidos, encerrado a los 21 años en una cárcel norteamericana por ser un ladrón de bajo perfil. Convirtió su experiencia carcelaria en el inicio de su formación política, de su vida como intelectual, como líder que proclamó la autodeterminación y la dignidad del pueblo negro, hasta el día de su asesinato el 21 de febrero de 1965 en Nueva York.
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| Malcom X |
Patrice Lumumba nació un par de meses después, en julio de 1925 en el Congo belga, nombrado como primer ministro de la independencia congoleña, se erigió como símbolo de la resistencia anticolonial africana, hasta su asesinato el 17 de enero de 1961.
Frantz Fanon nacería en Martinica unos días después de Lumumba. Desde Argelia escribió textos que se convertirían en la segunda mitad del siglo XX en piezas claves del pensamiento descolonizador, es decir, del pensamiento de hombres y mujeres que resisten a la opresión: Piel negra, máscaras blancas (1952), Sociología de una revolución (1959), Los condenados de la tierra (1961) y Por la Revolución Africana (1964). Junto a la obra de Fanon se encuentra la célebre película Batalla de Argel (1966) de Pontecorvo, en la que se retrata las atrocidades del ejército francés y la resistencia del pueblo argelino en la década del cincuenta.
Cien años después Malcolm X, Lumumba y Fanon siguen conversando entre sí, no nos hablan desde la academia, sino desde las selvas del Congo, desde las kasbahs argelinas, desde las cárceles y guetos de Estados Unidos, tres voces, dos continentes, una herida al colonialismo.
Memoria individual, memoria colectiva
Lumumba habla primero, un hombre que ha visto cómo, el mismo día de la independencia de su país, los discursos oficiales intentaban barnizar de cortesía el horror de ochenta años de colonialismo. Por eso, frente al rey y al mundo, se atreve a nombrar lo innombrable: “hemos visto las burlas, los insultos, los golpes que teníamos que soportar, mañana, tarde y noche, porque éramos negros” (p. 41). Y sin embargo no hay rencor en su voz, sino una memoria que se niega a ser borrada, que se niega a callar ante quienes quisieran no incomodar a los victimarios.
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| Patrice Lumumba |
Esa memoria colectiva que se niega a ser callada y que se encuentra inscrita en el cuerpo y la mente de los argelinos es la que Fanon desarrolla en Los condenados de la tierra (1961) cuando explica cómo el colonialismo no solo se apropia de un país, sino que también establece prácticas de diverso orden para negar el sistema de vida de los países que invaden, provocando diversas afectaciones en la mente de quienes sufren este tipo de violencia colonial. Violencia que ejercida por el colonizador se llama civilización, pero cuando la ejerce el colonizado, se llama barbarie, nos dirá Fanon.
Esa misma memoria es la que se activa cuando Malcolm recuerda a un niño de piel “más bien rojiza que negra”, el cual escucha cómo el Ku Klux Klan ronda la casa de su madre embarazada, rompiendo ventanas “con las culatas de las armas” (p. 12-13). Ese niño, Malcolm Little, escribirá en el futuro: “siempre he pensado que a mí también me tocaría morir de forma violenta y, en consecuencia, hago todo lo posible para estar preparado” (p. 13-14). Su autobiografía es una larga travesía desde el lodo del gueto hasta la conciencia política radical. Desde Harlem hasta La Meca su voz se afila contra los mitos del sueño americano: “No vimos ninguna democracia en los campos de algodón de Georgia, no había democracia allí. No vimos democracia en las calles de Harlem, ni en las calles de Brooklyn, ni en las calles de Detroit o Chicago. No hay democracia allí. ¡No, nunca hemos visto democracia! ¡Solo hemos visto hipocresía! ¡No veo el sueño americano, hemos visto la pesadilla americana!” (p. 378).
Los identificarán con el odio
Pero estos hombres tan temidos por su radicalidad no son instrumentos de odio ciego, Lumumba dirá: “combatimos al régimen y no a las personas.” (p. 73). Malcolm, tras su peregrinación a La Meca, declara: “la verdadera fraternidad que había visto en la Tierra Santa me había hecho comprender que la ira puede cegar la visión humana” (p. 372) Fanon: “por Europa, por nosotros mismos y por la humanidad, compañeros, hay que cambiar de piel, desarrollar un pensamiento nuevo, tratar de crear un hombre nuevo” (p. 161). Es decir, el enemigo es el sistema que genera muerte y destrucción, que genera injusticias a toda hora y en todo lugar y al que hay que exigirle que el precio de la justicia lo debe pagar quien ha gozado de la injusticia. Y sin embargo no se detiene allí, por lo cual se plantea una cuestión profunda, de fondo: es necesario crear un nuevo tipo de hombre.
De otro lado, Malcolm tiene claro que la prensa blanca lo reducirá a una caricatura de odio, y por eso deja esta advertencia al lector del futuro —que sin duda también aplica a Lumumba y Fanon—: “quiero que se mantengan a la expectativa y comprueben si no es cierto lo que digo, que el hombre blanco, a través de su prensa, me identificará con el odio [...] y eso le permitirá evitar contar la verdad sobre mí” (p. 377-378).
Hay que inventar, hay que descubrir
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| Frantz Fanon |
Fanon, en el capítulo final de su libro, escribe: “si queremos transformar a África en una nueva Europa [...] confiemos entonces a los europeos los destinos de nuestros países. Sabrán hacerlo mejor que los mejor dotados de nosotros. Pero si queremos que la humanidad avance con audacia [...] entonces hay que inventar, hay que descubrir” (p. 161).
Los procesos de transformación pasan por muchos lugares, uno de ellos es sin duda el de contar con la capacidad de abrir caminos que generen otros tipos de relacionamiento con las personas, con las cosas, de allí surgirán nuevas dinámicas sociales, políticas, culturales, nuevos procesos de transformación de las individualidades y las colectividades. Fanon entendió que conservar ciertas instituciones, jerarquías y lógicas podría ser un riesgo para los procesos de transformación en tanto ellas replicarían las lógicas de funcionamiento bajo las cuales fueron construidas: “si no andamos con cuidado, nos arriesgamos a caer en un neocolonialismo que sería tan peligroso como el colonialismo que acabamos de enterrar” (p. 73-74). En ese sentido, no se gestará un cambio profundo si se apoya en estructuras arcaicas, por lo cual es necesario inventar, descubrir.
Finalmente, no podemos conmemorar este centenario con la serenidad cínica de quienes evocan a próceres domesticados. Malcolm X, Lumumba y Fanon vivieron para hacer visibles problemas que siguen existiendo hoy, aquí, ahora. Sus palabras siguen siendo dinamita para los cimientos del sistema y nos exigen elegir entre la comodidad del nada hacer y la dignidad.



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