Por: Sandra Hernández y Harold Espejo
Eran las 9 de la mañana del 7 de diciembre de 2025. Sí, justo en el día de velitas el momento tan esperado había llegado. Por fin, después de dos años, William, Wilmar, Harold, Negris, Felipe, Mauren y Urrego estaban de nuevo en las semifinales. Se abría la posibilidad de vencer a ese equipo que en 2023 les había arrebatado la final de la séptima edición de la Liga de Fútbol Popular y que, este año, había eliminado con aparente facilidad a los equipos de sus otros amigos de entrenamiento y de escuela. Era la hora de la revancha, pero no cualquier revancha: primero debían disputar y ganar la semifinal.
Al equipo contrincante ya lo conocían y lo habían derrotado en la fase de “todxs contra todxs”, a pesar de tener todo en contra, pues Wilmar y Harold no estuvieron ese día porque debían trabajar. Así es, Harold de 15 años y Wilmar de 14, como muchos jóvenes de barrios populares de Bogotá, trabajan desde pequeños para ayudar con los gastos de su familia.
Al fin llegó el momento, la entrenadora, una profesora de ciencias sociales, dirigió el calentamiento, el estiramiento y la charla técnica. Había una mezcla de miedo y confianza en el ambiente y estaba el equipo completo, todxs de Bosa. En las escaleras de concreto de la cancha, que hacía las veces de tribuna, estaban lxs otrxs entrenadores: dos profes más de ciencias sociales, una química farmacéutica, un ingeniero y dos estudiantes del SENA y les acompañaba el resto del equipo. Todxs alentando el triunfo.
En el microfútbol popular que se disputa en la Liga de Fútbol Popular de Bogotá, no se juegan dos tiempos, se juegan cuatro:
En el primer tiempo de juego se reúnen lxs jugadorxs, lxs profes, arbitraje y planillerx; se presentan y se reconocen. Posteriormente se establecen acuerdos convivenciales y técnicos para poder jugar. Lxs profes siempre hablan de la importancia de participar, de alzar la voz; hablan de democratizar y parece que el primer tiempo hace parte de ello.
Inició el partido, hacía muchísimo sol.
Luego de establecidos los acuerdos, llegó el segundo tiempo —o primero de juego—. Los nervios pasaron factura, al igual que la confianza. Por supuesto, el contrincante no era nada fácil: un equipo de pelados muy disciplinados, aguerridos y talentosos que venían desde Soacha. El resultado iba en 3-1 en contra al cerrar los veinte minutos de ese segundo tiempo, pero la moral se mantenía intacta.
Inició el tercer tiempo —o segundo de juego— y por fin salió a flote el nombre del equipo: Unidad Fútbol Popular. Llegaron los mejores toques, la meta clara en la mente de lxs jugadorxs, junto a ese aguante que da el ir perdiendo un partido, pero aún tener el tiempo de poder cambiar el resultado final. En medio del partido, a un pelado de la otra escuela le dio la pálida, se detuvo el juego y todxs le atendieron mientras se recuperaba, porque en el microfútbol popular se priorizan el cuidado, la vida y la integridad.
Dándola toda, poco a poco llegaron los goles que habían estado muy esquivos en varios tiros. Harold hizo el primer gol: el balón pasó por tres jugadores y entró con suavidad al arco. Así llegaron otros cuatro. El resultado de la semifinal fue 5-3 a favor de Unidad F.P. Llegó el triunfo, llegó la revancha con la clasificación a la final, pero aún faltaba el cuarto tiempo.
Luego de los tiempos de juego, se reúnen nuevamente lxs jugadores, lxs profes, arbitraje y planillerx. Viene el cuarto tiempo para dialogar sobre el cumplimiento de los acuerdos establecidos conjuntamente en el primer tiempo. Se festeja el triunfo del equipo ganador, pero también se entiende y acompaña la tristeza de quienes pierden. Llorar en el fútbol popular no se clasifica dentro de los estereotipos de género, por el contrario se entiende como una señal de alegría o tristeza que brota con naturalidad en cualquier momento y que siempre es bien recibida, según el resultado de cada equipo.
Luego de unas horas, de un buen estiramiento, hidratación y una necesaria alimentación que constó de un tamal de seis lucas y un pan para dos jugadores, llegó la hora. La final contra el equipo de lxs compas de Suba, ganadorxs de varias ediciones de la Liga de Fútbol Popular y uno de los equipos más sólidos, tienen un jugador de número 10 al que mucha gente en la Liga, debido a su talento, lo apoda Pelé.
La Liga de Fútbol Popular es un proceso de encuentro, de disputa territorial, de formación del pensamiento crítico y transformador, una alternativa al fútbol comercial y su mercantilización. La final en disputa se jugó en Ciudad Bolívar, en unas canchas recuperadas por la escuela de microfutbol de ese territorio. Allí se encontraron equipos de varias localidades y territorios como Techotiba, Bosa, Ciudad Bolívar, Suba y Suacha, que de manera colectiva han construido año tras año una nueva edición que deja muchísimas ganancias no capitalizables, sino humanas.
Suena el pito, se llevan a cabo los acuerdos técnicos y convivenciales, inician los dos tiempos de juego. Fue un partido reñido como ningún otro, con muchas emociones dentro y fuera de la cancha, dos equipos rivales y ya a esas alturas compañerxs muy dignxs.
Primer gol: un espectacular cobro de penal de Wilmar, después llegó el empate. Luego, otro gol de la Unidad F.P., anotado por William casi desde la mitad de la cancha: le pegó fuerte, como solo él sabe hacerlo, al portero se le escapó el balón de las manos y lo dejó entrar al arco. Luego llega el del Negris, líder del equipo, que se pasa a dos oponentes como si estuviera en un entrenamiento y, en un tiro en el que deja su esfuerzo, clava un golazo en el ángulo.
Aún queda tiempo. El equipo de Suba mete otro gol. El partido sigue muy reñido, quedan treinta segundos, se levantan las barras de los dos equipos. Lxs peladxs de Unidad hacen el aguante hasta que, por fin, ¡suena el pito final! Con él llega la victoria.
Hay alegría y tristeza mezcladas en el mismo ambiente. Corre el llanto con el desborde de emociones. Se apaña la tristeza de lxs compas de Suba, se miran unxs y otrxs, y se entienden más que como rivales: ganan y pierden como compañerxs.

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